Y mientras esto ocurre —mientras un transporte pesado de la RAF, que forma parte del dispositivo de ocupación permanente en Malvinas, cruza el cielo patagónico y toca suelo chileno—, la Cancillería argentina guarda un silencio sepulcral. Ni un comunicado, ni una nota de protesta, ni siquiera un tuit tibio del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Nada.Este no es un hecho aislado. Es la continuación de un patrón vergonzoso: Chile y el Reino Unido mantienen desde hace años una cooperación militar cada vez más estrecha y descarada. Intercambios de entrenamiento, uso compartido de espacio aéreo, participación en ejercicios conjuntos, calibración de sistemas, apoyo logístico mutuo. Todo mientras Londres sigue ocupando ilegalmente territorio argentino y usando Malvinas como plataforma de proyección de poder en el Atlántico Sur.
El gobierno chileno de Gabriel Boric —tan rápido para condenar cualquier cosa que huela a “derechas” en América Latina— no tiene empacho en abrirle las puertas a la misma potencia que mantiene una base militar en suelo que la ONU considera en disputa. Y lo hace sin que medie una sola voz de reproche desde Buenos Aires.¿Dónde está la Cancillería argentina? ¿Dónde está la “defensa irrestricta de la soberanía” que tanto proclama el gobierno de Javier Milei? ¿Tan ocupados están discutiendo con Irán por Maduro, o cantando folklore en Jesús María mientras la Patagonia se quema, que no tienen tiempo ni ganas de levantar la voz ante un nuevo vuelo británico que usa Chile como escala?El silencio oficial no es neutralidad diplomática. Es complicidad por omisión. Es permitir que el Reino Unido normalice su presencia en el Atlántico Sur a través de terceros, mientras Argentina mira para otro lado. Cada vez que un avión de la RAF despega de Monte Agradable y aterriza en Santiago sin que Buenos Aires diga una palabra, se legitima un poco más la ocupación ilegal.Chile se acuesta con los ingleses —literal y figurativamente— y la Cancillería argentina hace silencio.
No hay excusa que valga. No hay “prioridades internas” que justifiquen callar ante un hecho que hiere directamente la soberanía nacional. Mientras el fuego consume el sur y la diplomacia se pierde en shows mediáticos, la causa Malvinas se debilita un poco más cada día que pasa sin una respuesta digna.Es hora de que el gobierno argentino deje de mirar para el costado. Si no puede impedir que Chile colabore con el ocupante, al menos que denuncie con nombres y apellidos lo que está ocurriendo. Porque el silencio, en este caso, no es prudencia: es rendición.La Patagonia arde. Malvinas sigue ocupada. Y Chile abre su puerta a los mismos que las mantienen en jaque. ¿Hasta cuándo el silencio?