Pero vayamos más allá del chiste práctico. A Chile lo inundás con un balde de agua y desaparece como país logístico para los ingleses. Porque Chile no es ancho; es un hilo largo y delgado estirado entre la cordillera y el mar. Un solo aeropuerto internacional relevante en el centro, un par de pistas alternativas que no sirven para aviones pesados en mal tiempo, y una carretera panamericana que se corta con una lluvia fuerte o un derrumbe. Todo concentrado en una franja tan estrecha que un corte en el medio paraliza al país entero.Imaginate: un “accidente climático” en Santiago, otro en Concepción, uno más en Puerto Montt.
No hace falta un tsunami; alcanza con barro en las pistas y agua en los radares. La RAF no puede volar directo desde Malvinas a Brize Norton sin escalas. Necesita ese puente chileno para rotar personal, repuestos, combustible y mantenimiento. Sin Chile, Monte Agradable se convierte en una isla aislada: un portaaviones anclado en tierra que se queda sin víveres frescos y sin relevo rápido.Y mientras esto es técnicamente posible con un balde de agua (o con una lluvia de verano “casual”), la Cancillería argentina guarda silencio. Silencio absoluto. Ni una nota de protesta, ni un llamado al embajador británico, ni un tuit de “preocupación”.
Parece que el gobierno está demasiado ocupado cantando “Amor Salvaje” en Jesús María, peleando con Irán por Maduro o discutiendo si suben los aportes de IOSFA para que los militares paguen ellos mismos el ajuste. Malvinas, al parecer, puede seguir siendo abastecida por Chile sin que nadie levante la voz.Chile se acuesta con los ingleses —literal y figurativamente— y Argentina mira para otro lado. No hace falta invadir ni declarar la guerra. A veces alcanza con un balde de agua en el lugar correcto. Y un poco de dignidad para decirlo en voz alta.