Recordemos los hechos sin anestesia:
En marzo de 2024, Milei quiso usar el sable de San Martín para una ceremonia oficial en la que pensaba vestirse de granadero. El entonces director del Museo Histórico Nacional, Gabriel Di Meglio, se negó rotundamente: argumentó —con toda razón histórica y legal— que el sable es un bien patrimonial intocable, depositado en el museo como objeto de memoria colectiva, no como accesorio de disfraz presidencial. La respuesta del Gobierno fue inmediata y brutal: Di Meglio fue echado del cargo en menos de 48 horas. Un historiador reconocido, especialista en el siglo XIX, despedido por atreverse a defender el patrimonio nacional frente al capricho del Presidente.
Ahora, dos años después, el sable vuelve a salir del museo —esta vez de manera definitiva— y pasa a la guarda de los Granaderos. No es una restitución protocolar: es la consumación de aquel capricho frustrado. Milei no pudo ponérselo en 2024, pero se aseguró de que nadie más lo toque… excepto él y su guardia pretoriana cuando lo deseen.
El verdadero escándalo no es el traslado:
es el simbolismo Juan Manuel de Rosas, entendió como nadie que los símbolos de la patria no son juguetes personales ni trofeos de poder. Rosas nunca se apropió del sable de San Martín ni lo usó para posar de héroe. Lo conservó en su lugar, como herencia colectiva, porque sabía que la soberanía popular no se construye con gestos autorreferenciales, sino con respeto a la memoria común.Milei, en cambio, hace exactamente lo contrario: convierte un símbolo de unidad nacional en un objeto de uso personal y partidario.
El sable de San Martín deja de ser patrimonio de todos los argentinos para convertirse en un accesorio de la liturgia libertaria: el Presidente que se viste de granadero, que se saca fotos con él, que lo saca del museo donde estaba custodiado por historiadores para entregarlo a una guardia que responde directamente a su poder ejecutivo.
Esto no es federalismo rosista. Esto es caudillismo posmoderno:
el líder que se apodera de los símbolos para legitimar su propia imagen mesiánica.Los liberales, incapaces de entenderloLos libertarios que aplauden la medida —y son legión en redes— repiten el mantra: “El sable estaba olvidado en un museo, ahora vuelve a su lugar natural: con los granaderos”. Es una media verdad peligrosa. El sable no estaba “olvidado”; estaba custodiado por el Estado en su dimensión histórica y republicana. Sacarlo del museo no es “devolverlo a la vida”: es privatizarlo simbólicamente, ponerlo al servicio de un solo hombre y de una sola fuerza política.
Rosas lo hubiera entendido perfectamente: quien toca los símbolos de la patria para uso personal está atentando contra la soberanía popular. Milei, en su afán de romper con el pasado “progresista” del museo, termina reproduciendo el peor vicio del rosismo que dice combatir: el personalismo caudillesco.
El sable de San Martín no es un trofeo. No es un disfraz. No es un meme. Es la materialización de la gesta independentista y de la unidad argentina. Que hoy esté en manos de quien quiso ponérselo para una foto y fue impedido por un historiador honesto que pagó con su cargo, es una vergüenza histórica.Los liberales de Milei nunca lo entenderán. Porque para ellos la patria es un hashtag, un sticker y un disfraz. Para Rosas —y para millones de argentinos— era, y sigue siendo, algo mucho más serio.Mientras tanto, el sable ya no está en el museo. Está en el show. Y la historia, una vez más, mira con estupor.