Mientras el presidente Javier Milei y la vicepresidenta Victoria Villarruel siguen siendo referenciados como los “defensores históricos” de las Fuerzas Armadas, el ministro a cargo del área —el hombre que debería estar dando la cara por los haberes, por la obra social y por la contención psicológica de los efectivos— prácticamente no existe en el debate público.
No hay conferencia de prensa, no hay comunicado oficial contundente, no hay reunión masiva con suboficiales o soldados para explicar qué se está haciendo con los sueldos. Solo silencio. Y ese silencio, en un contexto de crisis tan grave, empieza a leerse como algo más que omisión: suena a complacencia política y, lo que es peor, a abandono de personas.
Un ministro que no explica, no defiende, no negocia
Carlos Presti asumió con un perfil bajo y técnico, pero también con la expectativa de que sería el puente entre el discurso pro-militar de la campaña libertaria y la dura realidad presupuestaria del ajuste. Sin embargo, en los momentos más críticos de los últimos meses ha optado por la invisibilidad:
Este mutismo contrasta brutalmente con la visibilidad que el propio Milei y Villarruel tuvieron durante la campaña, cuando prometían “revalorizar” a las Fuerzas Armadas y terminar con la “criminalización” del uniforme. Hoy, cuando los uniformados más necesitan que alguien los defienda en la mesa chica del poder, el ministro de Defensa brilla por su ausencia.
¿Complacencia política o estrategia deliberada?Hay dos lecturas posibles, y ninguna es halagüeña para Presti:
El costo del silencio
El silencio de Presti no es neutral. Está erosionando la confianza que muchos efectivos depositaron en el proyecto libertario. En los grupos de WhatsApp de cuarteles, en las conversaciones de suboficiales y soldados voluntarios, ya no se habla tanto de “el plan de Milei” como de “¿dónde está el ministro?”, “¿quién nos defiende?”.
Ese vacío de liderazgo puede convertirse en resentimiento institucional, y en una fuerza tan sensible a la cadena de mando como el Ejército, la Armada o la Fuerza Aérea, el resentimiento nunca es inocuo.Milei y Villarruel pueden seguir repitiendo que “honran a los militares”, pero mientras el ministro de Defensa permanezca callado frente a la crisis de sueldos y contención, esa frase suena cada vez más hueca. Porque defender no es solo tuitear o posar en desfiles: es asumir la responsabilidad cuando los números no cierran, cuando las familias no llegan a fin de mes y cuando un soldado de 21 años decide quitarse la vida porque no ve salida.El silencio de Carlos Presti ya no es discreción ministerial. Empieza a leerse como complacencia con el ajuste y, lo que es mucho más grave, como abandono de quienes llevan el uniforme. Y en las Fuerzas Armadas argentinas, el abandono nunca termina bien.