Un policía que se encadena a su patrullero para que no se lo quiten porque no le pagan el sueldo no es una anécdota graciosa ni un meme aislado. Es un grito desesperado. Es la prueba gráfica de que la institución que debe garantizar la seguridad de los argentinos está siendo sometida a una precariedad tan profunda que sus propios miembros tienen que recurrir a gestos extremos para reclamar lo mínimo: cobrar lo que les corresponde para poder vivir.Los números que matan cualquier discurso
Con tarifas de luz, gas y transporte que se multiplican, alquileres que se actualizan por encima de la inflación y alimentos que suben semana a semana, el sueldo policial ya no alcanza ni para lo esencial. Y cuando no alcanza, aparecen las consecuencias inevitables:
La dignidad no es un lujoLa seguridad pública no se construye solo con más patrulleros, más cámaras o más leyes penales. Se construye con personas que puedan vivir con dignidad, que no tengan que elegir entre alimentar a sus hijos y cumplir con su turno, que no sientan que el uniforme que llevan es una condena económica más que un orgullo.Un policía que cobra menos que la canasta básica no está motivado.
Un policía que no llega a fin de mes no está concentrado.
Un policía que se encadena a las rejas de la Casa Rosada.Y una sociedad que permite que quienes deben protegerla vivan en la indigencia no puede esperar que esa protección sea plena, honesta y comprometida.La verdadera seguridad empieza por la dignidadNo hay mano dura que valga cuando la mano que sostiene el arma tiembla de angustia económica.
No hay orden posible cuando el que debe imponerlo está encadenado a la miseria.
No hay confianza en la fuerza pública cuando la fuerza pública no confía en que el Estado la trate con respeto elemental.La imagen del policía encadenado no es una vergüenza de él. Es una vergüenza colectiva.
Es el Estado mirándose al espejo y viendo que, mientras habla de seguridad y orden, permite que quienes deben garantizarlo vivan encadenados a la pobreza.La verdadera seguridad no empieza con más balas ni con más cárceles.
Empieza con salarios dignos, con reconocimiento real y con la certeza de que quien arriesga su vida por los demás no tiene que encadenarse a su patrullero para poder comer.Hasta que eso no cambie, todas las frases bonitas sobre “apoyar a las fuerzas” seguirán siendo solo ruido.
Y la cadena que hoy ata a ese policía seguirá atando a toda la sociedad.