Lo que realmente está en juego
El problema no es quién tiene la custodia del sable del Padre de la Patria. El problema es que el sable original —el de verdad, el que San Martín llevó en Chacabuco, en Maipú y en la campaña del Perú— está custodiado por una institución cuyo prestigio y seriedad se han ido desgastando a fuerza de gestos, fotos, complicidades y liviandades.
Eso es lo que indigna de verdad a quienes entienden lo que significa esa espada: no es un objeto decorativo ni un premio de lealtad presidencial. Es la representación física del hombre que renunció a todo por la libertad de varios pueblos.
Los burros opinando sobre la verdadera historiaAhora abundan los que nunca pisaron el Regimiento, nunca leyeron una biografía seria de San Martín ni conocen la historia del regimiento, pero igual se sienten con autoridad para decir:
Todos hablando como si conocieran la intimidad del Libertador, como si tuvieran línea directa con su pensamiento. Ninguno de ellos parece entender que San Martín fue, ante todo, un hombre de principios que despreciaba la adulación, la corte y el uso partidario de los símbolos patrios.San Martín no era de los que se sacaban fotos sonrientes con el poder de turno. Era de los que renunciaba a honores y cargos cuando veía que se usaban para fines personales o facciosos. Por eso dejó el Perú, por eso se fue a Europa, por eso rechazó toda tentación de poder personal.
Entonces no: San Martín no estaría “orgulloso” ni “revolcándose”. Simplemente miraría con tristeza a quienes convierten su sable en un elemento más del folklore político argentino.
La verdadera historia no necesita burros que la interpreten
El sable de San Martín no necesita que lo defiendan los que lo usan como bandera partidaria, ni que lo ataquen los que lo ven como trofeo del enemigo.
Necesita que lo custodien personas que entiendan que ese acero tiene más peso moral que cualquier gobierno, que cualquier presidente y que cualquier ceremonia.Mientras el regimiento siga siendo escenario de gestos de cercanía con el poder de turno, mientras el sable (aunque sea en réplica) se convierta en noticia de campaña, mientras el jefe se permita liviandades que degradan el uniforme, la “verdadera historia” va a seguir siendo pisoteada por los mismos que dicen defenderla.
Y los burros —los de un lado y los del otro— seguirán opinando, gritando y sacando conclusiones sin haberse tomado el trabajo de entender qué significa realmente custodiar ese sable.San Martín no necesita que lo usen.
Necesita que lo respeten. Y hoy, lamentablemente, ese respeto parece estar en falta.