Desafortunadamente, Pablo Quirno no está demostrando estar a la altura de esas circunstancias.Desde que asumió la Cancillería, su gestión ha sido caracterizada por una mezcla de improvisación, silencio prolongado en temas críticos y una postura reactiva que parece más preocupada por no molestar a Washington que por posicionar a la Argentina como actor relevante en un tablero multipolar y volátil.Algunos ejemplos concretos de su insuficiencia actual:
- Silencio casi absoluto sobre la guerra EE.UU.-Israel vs. Irán
Mientras países como Turquía, Qatar, China, Rusia y hasta Sri Lanka toman posiciones claras (ya sea condenando, mediando o protegiendo vidas), el Ministerio de Relaciones Exteriores argentino ha emitido comunicados tibios o directamente ha optado por el silencio. No hay declaración presidencial ni del canciller sobre la muerte del ayatolá Khamenei, el riesgo de cierre del Estrecho de Ormuz o el impacto en el precio del petróleo que ya afecta la economía argentina. Quirno parece no comprender que en 2026 el silencio no es neutralidad: es irrelevancia.
- Ausencia de iniciativa diplomática en foros multilaterales
La ONU, la OEA, el G20 y los BRICS+ están discutiendo la crisis. Argentina, que históricamente ha tenido peso en temas de desarme y no proliferación, brilla por su ausencia. No hay propuesta concreta de mediación, no hay llamados a la desescalada con peso propio, no hay coordinación con el Sur Global. Quirno se limita a repetir consignas alineadas con Washington sin agregar valor propio.
- Falta de defensa de intereses nacionales en el nuevo contexto energético
Con el petróleo disparado y el riesgo de disrupciones en el Golfo, Argentina debería estar negociando activamente con todos los actores (incluidos Irán, Rusia, China y los países árabes) para garantizar suministros y precios razonables. En cambio, la Cancillería parece paralizada, sin contactos visibles ni estrategia energética-diplomática.
- Contraste con la tradición argentina
Cancilleres como Guido di Tella, Adalberto Rodríguez Giavarini o incluso Susana Malcorra en momentos difíciles supieron posicionar al país con pragmatismo e independencia. Hoy, Quirno da la impresión de ser un mero transmisor de instrucciones externas, sin capacidad de iniciativa ni de lectura propia del tablero mundial.
En un mundo donde las potencias medias que sobreviven son las que actúan con rapidez, claridad y autonomía relativa, la Argentina de 2026 no puede permitirse un canciller que parece estar varios pasos atrás de los acontecimientos. La gravedad de la coyuntura exige un diplomático con peso político, visión estratégica y capacidad de diálogo con todos los actores —no alguien que parece más preocupado por no contradecir al Departamento de Estado que por defender los intereses argentinos en un escenario de guerra mundial latente.
Pablo Quirno no está a la altura de las circunstancias actuales. Y el país lo está pagando caro con irrelevancia y silencio.