Desde su asunción en diciembre de 2023, Villarruel ha sido el ancla moderadora en un Ejecutivo liderado por Javier Milei, conocido por su estilo disruptivo y declaraciones explosivas. Su templanza se evidencia en momentos clave: en el Senado, ha habilitado debates que el oficialismo preferiría evitar (como reformas económicas controvertidas o leyes de seguridad), priorizando el rol institucional sobre la obediencia ciega. “No soy una vice decorativa; soy una servidora de la República”, ha declarado en varias ocasiones, enfatizando su compromiso con la Constitución y el equilibrio de poderes.
Sin embargo, esta templanza no la exime del juego político. Villarruel ha sido blanco de fuego amigo: cruces mediáticos con Luis Petri (exministro de Defensa) la tildaron de “golpista” y “funcional a la oposición”, mientras que filtraciones desde la Casa Rosada sugieren intentos de marginarla en decisiones clave. Su defensa férrea de los militares y veteranos (como en el caso del IOSFA y los reclamos de pensionados) la posiciona en una línea dura dentro del oficialismo, pero también genera tensiones con el ala más libertaria, que ve en su moderación un freno a la agenda radical.
En el contexto global actual —con la guerra EE.UU.-Israel vs. Irán escalando y Milei proclamándose “el presidente más sionista del mundo”—, Villarruel representa un equilibrio interno: su silencio relativo sobre el conflicto (a diferencia del entusiasmo presidencial) podría interpretarse como templanza para no exponer al país a riesgos innecesarios, pero también como un juego político para diferenciarse y posicionarse como sucesora natural si el experimento mileísta falla.
Al final, Villarruel está entre la templanza que preserva la institucionalidad y el juego político que exige alianzas y confrontaciones. En un gobierno de rupturas, su equilibrio podría ser su mayor fortaleza... o su talón de Aquiles si las internas la arrastran al abismo.