Un suboficial con 15 años de servicio, con familia a cargo, cobra hoy menos que un empleado de comercio básico. Un soldado voluntario, que arriesga su vida en ejercicios y misiones reales, recibe un sueldo que no alcanza ni para cubrir la canasta básica familiar. Un oficial joven, con título universitario y responsabilidad de mando, ve cómo su salario real se derrumba año tras año mientras la inflación galopa.
Y lo peor: nadie en el poder parece entender la gravedad de lo que está ocurriendo.
Cuando un militar argentino tiene que elegir entre pagar la luz o la cuota del colegio de sus hijos,, estamos hablando de algo mucho más profundo que números en un recibo.
Estamos hablando de dignidad.
Porque un país que no puede pagarles a sus soldados un salario digno no les está pagando solo dinero. Les está pagando con humillación. Les está diciendo que su sacrificio, su disponibilidad permanente, su juramento de defender la patria, valen menos que el discurso de ajuste y “no hay plata”.Y mientras tanto, desde los despachos de poder se anuncian alineamientos geopolíticos, se defienden gastos suntuosos de funcionarios y se habla de guerras lejanas como si fueran propias.
Pero cuando se trata de ordenar la escala salarial militar, de recomponer el IOSFA o de garantizar que un militar retirado no tenga que pedir limosna para vivir, ahí sí “no hay plata”.
Las Fuerzas Armadas argentinas no necesitan discursos épicos ni fotos con uniforme de gala.
Necesitan sueldos que les permitan vivir con dignidad.
Necesitan que el país que juraron defender no los abandone cuando más lo necesitan.Porque un soldado que cobra de hambre no es un soldado motivado.
Es un soldado humillado.
Y un país que humilla a sus soldados no merece que lo defiendan.
La dignidad no se negocia.