Luis Petri llegó al Ministerio prometiendo modernizar las Fuerzas Armadas, recuperar capacidad operativa y terminar con años de abandono. En la práctica, su gestión se caracterizó por recortes presupuestarios brutales, demoras en la compra de equipamiento esencial y una fuerte dependencia de la agenda estadounidense. Dejó una obra social militar (IOSFA) en estado crítico y un Ejército con sueldos de miseria para la tropa.
Ahora llega Carlos Presti, un militar de carrera que asumió como el primer jefe del Ejército en actividad en décadas en ocupar el Ministerio de Defensa. Lejos de representar un giro hacia una Defensa más profesional y autónoma, Presti ha continuado —y en algunos casos profundizado— las mismas políticas de su antecesor.
Mientras Petri hablaba de “reconciliación con las Fuerzas Armadas”, Presti avanza con el desguace de activos: el plan para desafectar y rematar 44 inmuebles históricos del IOSFA (hoteles, residencias y centros recreativos para el personal militar) con el argumento de pagar deudas. La tropa sigue cobrando sueldos de hambre, los cuarteles se caen a pedazos y la capacidad operativa real sigue en caída libre.
Petri contrataba empresas cuestionadas; Presti las vuelve a contratar. Petri recortaba en equipamiento; Presti mantiene el ajuste y prioriza la alineación automática con Washington. Petri dejaba la deuda de la obra social; Presti propone vender el patrimonio para tapar el agujero en lugar de auditar las irregularidades.
Ambos representan el mismo modelo: un Ministerio de Defensa subordinado al ajuste fiscal, más preocupado por quedar bien con Estados Unidos que por reconstruir una verdadera capacidad de defensa nacional. Uno con traje y corbata, el otro con uniforme militar, pero con la misma lógica de fondo: reducir el rol de las Fuerzas Armadas a un apéndice decorativo mientras se desmantela su patrimonio y se ignora el bienestar de la tropa.
Al final del día, más allá de las formas y los uniformes, son lo mismo.