China exigió públicamente una “paz inmediata” y culpó directamente a las operaciones militares de EE.UU. e Israel como causa raíz del bloqueo. Al mismo tiempo, sigue comprando crudo iraní con descuento a través de canales alternativos.
Rusia reforzó la posición iraní: su cancillería afirmó que el control de Ormuz por Teherán es “una realidad objetiva” que ni siquiera Estados Unidos puede cuestionar, y redirige sus exportaciones de energía para aprovechar el vacío.
India aumentó discretamente sus importaciones de petróleo iraní usando mecanismos de pago alternativos, priorizando su seguridad energética.
Arabia Saudita mantiene un silencio notorio, sin brindar apoyo público a la postura estadounidense.
Los Emiratos Árabes Unidos llamaron a la “moderación de todas las partes”, un lenguaje diplomático que se interpreta como falta de respaldo.
La Unión Europea se limita a declaraciones genéricas sobre “diálogo”, sin ofrecer apoyo material a las operaciones de Washington.
Incluso Brasil pidió una mediación liderada por la ONU, rechazando implícitamente un liderazgo exclusivo de EE.UU.
En solo un ciclo de noticias, China, Rusia, India, Arabia Saudita, EAU, la UE y Brasil se están distanciando de la posición norteamericana. No se trata de simples desacuerdos diplomáticos: es un aislamiento estratégico visible.Cuando tantas naciones clave —aliados tradicionales, competidores y vecinos— optan por la cautela o el beneficio propio en lugar de alinearse con Washington, la crisis de Ormuz revela algo más profundo:
Estados Unidos enfrenta solo una de las consecuencias más graves de su intervención en Irán.El mundo ya no sigue automáticamente.
Ormuz lo está demostrando en tiempo real.