domingo 24 de mayo de 2026 - Edición Nº566

Nacionales | 24 may 2026

Argentina

Cuando el hambre en los cuarteles mata el relato oficial de revalorización de las Fuerzas Armadas

09:15 |El discurso oficial insiste en la “revalorización” de las Fuerzas Armadas. El presidente Javier Milei, la vicepresidenta Victoria Villarruel y el ministro de Defensa han repetido hasta el cansancio que se está saldando una “deuda histórica”, modernizando el equipamiento y devolviendo el prestigio a las instituciones militares. Se mencionan compras de F-16, vehículos Stryker, modernizaciones de tanques y un supuesto fondo financiado con privatizaciones para reequipar las FFAA. Pero la realidad en los cuarteles cuenta otra historia.


El contraste entre el relato y los números

Los sueldos básicos de la tropa y suboficiales siguen siendo alarmantemente bajos en un país con inflación acumulada y costo de vida elevado. Un voluntario de segunda categoría percibe alrededor de $622.000 a $670.000 mensuales según las últimas escalas oficiales de 2026. Muchos soldados dependen casi exclusivamente de la comida del cuartel para sobrevivir. Cuando esa comida se reduce a galletitas y agua, el hambre deja de ser una metáfora.

A esto se suman recortes presupuestarios recientes. Se habla de tijeretazos por decenas de miles de millones de pesos al presupuesto de Defensa, afectando no solo equipamiento operativo sino también las condiciones básicas de vida del personal. El resultado es previsible: deserción, desmotivación y un éxodo de personal calificado. La “revalorización” prometida parece limitarse a gestos simbólicos y adquisiciones de alto perfil, mientras la base —la tropa que sostiene el día a día— queda expuesta.

Una deuda que no se salda con discursos

Las Fuerzas Armadas argentinas arrastran décadas de postergación. Nadie lo niega. Pero transformar esa postergación en un nuevo relato de “orgullo y modernización” mientras los cuarteles enfrentan problemas de alimentación básica es contraproducente. Un soldado que no come adecuadamente no puede entrenar con eficacia, mantener la moral alta ni cumplir con la exigencia que requiere la defensa nacional. El hambre erosiona la vocación y la disciplina más que cualquier enemigo externo.

El gobierno tiene razón cuando señala que heredó un aparato militar degradado tras años de desinversión. También es cierto que algunos programas de reequipamiento avanzan. Sin embargo, la credibilidad de cualquier política de defensa se construye desde abajo: con sueldos dignos, raciones suficientes, infraestructura adecuada y una obra social que funcione. Cuando fallan estos elementos básicos, el relato oficial se desmorona frente a la evidencia de un plato de galletitas.

El costo estratégico del descontento

Una fuerza armada desmotivada y con problemas de retención no es una fuerza revalorizada. Es un instrumento debilitado. La defensa nacional no se garantiza solo con aviones nuevos o tanques modernizados; se sostiene principalmente con hombres y mujeres dispuestos a servir en condiciones dignas. El malestar actual no solo afecta la operatividad inmediata, sino que siembra dudas sobre la sostenibilidad a largo plazo del modelo de fuerzas profesionales.

Es legítimo debatir prioridades fiscales en un contexto de ajuste. Pero reducir el presupuesto de Defensa hasta el punto de comprometer la alimentación de la tropa genera un costo oculto: la pérdida de capital humano y confianza institucional. El patriotismo no se alimenta con galletitas.

Es la punta de un iceberg que expone la distancia entre el discu

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