Humo sobre MalvinasEn las últimas semanas, un memo interno del Pentágono filtrado ha generado especulaciones en torno a una posible “revisión” de la posición estadounidense respecto a las Islas Malvinas (Falkland Islands). Algunos interpretan que Washington podría inclinarse hacia la soberanía argentina como forma de presión sobre el Reino Unido por diferencias en otros frentes geopolíticos, como el conflicto con Irán. Sin embargo, esta idea no es más que humo: una ilusión efímera que ignora la tendencia estructural de la política exterior de Estados Unidos. Reconocer la soberanía argentina sobre las Malvinas sería no solo contradictorio con décadas de práctica diplomática, sino que sentaría un precedente devastador para otros conflictos territoriales de alta sensibilidad global, como los de Rusia en Ucrania, China en Taiwán y España en Gibraltar.
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La postura oficial de Estados Unidos, reiterada una y otra vez por el Departamento de Estado, es de neutralidad formal: reconoce la administración de facto británica de las islas, pero no toma posición definitiva sobre la soberanía última, y enfatiza que se trata de un asunto bilateral entre Argentina y el Reino Unido que debe resolverse por diálogo. En la práctica, sin embargo, Washington ha priorizado consistentemente el principio de autodeterminación de los pueblos. Los kelpers (habitantes de las Malvinas) votaron en 2013 con un 99,8 % a favor de permanecer bajo soberanía británica, y Estados Unidos ha respaldado ese derecho, alineándose con Londres en foros internacionales y bloqueando resoluciones que presionen unilateralmente a favor de Buenos Aires.
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Esta línea no es caprichosa. La política exterior estadounidense se construye sobre dos pilares que se verían socavados de inmediato si Washington diera el paso de reconocer la soberanía argentina: el respeto al orden internacional basado en reglas y la defensa de la autodeterminación frente a reclamos históricos o de proximidad geográfica. Ceder en Malvinas equivaldría a validar que un Estado puede imponer su reclamo histórico o estratégico ignorando la voluntad expresa de los habitantes del territorio. Y ahí radica el peligro.El precedente ruso en UcraniaSi Estados Unidos aceptara que Argentina tiene derecho a las Malvinas por argumentos históricos (la herencia colonial española y la proximidad continental), estaría legitimando exactamente el mismo tipo de lógica que Rusia aplica en Ucrania. Moscú justifica su anexión de Crimea en 2014 y su invasión a gran escala en 2022 con referencias a “lazos históricos”, población rusoparlante y “seguridad estratégica”. Washington, sin embargo, ha rechazado rotundamente esa anexión como violación del derecho internacional y del principio de integridad territorial. En la Declaración de Crimea de 2018, el Departamento de Estado afirmó explícitamente que “ningún país puede cambiar las fronteras de otro por la fuerza”. Reconocer Malvinas como argentinas abriría la puerta a que Rusia exija el mismo tratamiento para Donbás o Crimea, erosionando la posición estadounidense en el conflicto ucraniano y debilitando el apoyo a Kiev.
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El caso chino sobre TaiwánAlgo similar ocurriría con Taiwán. Pekín sostiene que la isla es parte inalienable de China por razones históricas y culturales, y amenaza con reunificación forzosa si es necesario. Estados Unidos mantiene su política “Una sola China” (reconoce a Pekín como gobierno único de China), pero al mismo tiempo proporciona armas a Taiwán para su autodefensa y rechaza cualquier cambio unilateral por la fuerza. La autodeterminación de los 23 millones de taiwaneses —que viven bajo un sistema democrático distinto— es un elemento clave de la ambigüedad estratégica estadounidense. Si Washington avalara el reclamo argentino sobre Malvinas ignorando la voluntad de los isleños, estaría enviando una señal inequívoca a Xi Jinping: los reclamos históricos pueden prevalecer sobre la realidad actual de los pueblos. Eso complicaría enormemente la disuasión en el Indo-Pacífico.
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España y Gibraltar: el espejo europeoEl paralelo más directo es Gibraltar. España mantiene un reclamo histórico sobre el Peñón desde el Tratado de Utrecht de 1713, argumentando soberanía originaria y proximidad. Sin embargo, los gibraltareños rechazaron abrumadoramente (más del 98 % en 2002) cualquier idea de soberanía compartida o transferencia a España. Estados Unidos reconoce a Gibraltar como territorio británico de ultramar y ha defendido el derecho a la autodeterminación de sus habitantes, precisamente porque coincide con sus intereses estratégicos en el Mediterráneo (bases militares y control del Estrecho). Reconocer la soberanía argentina en Malvinas equivaldría a dar a España argumentos idénticos para presionar sobre Gibraltar, socavando la coherencia estadounidense en Europa y la OTAN.
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Otros casos de la misma índoleNo se trata de ejemplos aislados. El mismo precedente afectaría disputas como:
En todos estos escenarios, Estados Unidos ha defendido —con mayor o menor énfasis— que la voluntad de los habitantes y el rechazo al cambio de fronteras por la fuerza deben prevalecer. Romper esa línea en Malvinas no solo sería incoherente: crearía un efecto dominó que erosionaría la credibilidad estadounidense como garante del orden liberal internacional.Por eso, más allá de cualquier memo filtrado o presión táctica del momento, reconocer la soberanía argentina sobre las Malvinas es, para Estados Unidos, una línea roja. No por simpatía hacia Londres, sino por puro interés propio. Cualquier “cambio” sería humo: visible, denso, pero sin sustancia real. La tendencia exterior estadounidense —autodeterminación, integridad territorial y reglas— lo hace estructuralmente imposible. El humo se disipará, y las Malvinas seguirán siendo, en la práctica, británicas.