La “neutralidad” que nunca fue talOficialmente, la administración de Ronald Reagan intentó mediar a través del secretario de Estado Alexander Haig, quien viajó entre Londres y Buenos Aires en abril de 1982.
Públicamente, EE.UU. se declaraba neutral en la cuestión de soberanía. Pero en la práctica, desde los primeros días del conflicto, Washington priorizó su alianza estratégica con el Reino Unido (la “Special Relationship”) sobre cualquier vínculo con Argentina, aun cuando este último era socio en la lucha anticomunista durante la Guerra Fría.
Documentos desclasificados del Departamento de Estado y del Ministerio de Defensa británico confirman que el apoyo fue inmediato y masivo:
Caspar Weinberger, secretario de Defensa estadounidense, ordenó explícitamente “toda la asistencia posible en términos de material e información”. Sin esta ayuda, según múltiples análisis militares británicos y estadounidenses posteriores, la Task Force habría tenido que replegarse. Margaret Thatcher lo reconoció en sus memorias: los Sidewinder y la inteligencia estadounidense fueron “inestimables”.
La hipocresía que la memoria prefiere olvidarEsta asistencia no fue un “detalle” ni un acto aislado: fue el factor que rompió el equilibrio militar. Argentina contaba con superioridad numérica inicial y coraje demostrado (el ataque al Sheffield, al Atlantic Conveyor y los éxitos de la aviación naval son prueba de ello). Pero la brecha tecnológica y logística se hizo insalvable por el respaldo norteamericano.
Aquí radica la hipocresía de la memoria:
Esta memoria selectiva sirve para mantener viva la causa Malvinas como símbolo de unidad nacional, pero impide aprender la lección real: en geopolítica, las alianzas estratégicas pesan más que los discursos de amistad o neutralidad. Hoy, con un gobierno argentino alineado con Occidente, algunos vuelven a depositar esperanzas en un “cambio” de postura estadounidense.
La historia de 1982 muestra que, cuando se trata de Malvinas, Washington siempre ha actuado según sus intereses permanentes: la alianza con Londres y la defensa del orden basado en reglas que le conviene.La verdadera memoria no niega el reclamo argentino (histórico, geográfico y de justicia). Pero tampoco puede ocultar que, sin el apoyo estadounidense,
Gran Bretaña probablemente no habría recuperado las islas. Reconocer ese hecho no es traición: es honestidad. Solo así la “memoria” dejará de ser un relato incompleto y se convertirá en herramienta para una estrategia soberana más realista y efectiva en el siglo XXI.