Conocido inicialmente como Status-6, el Poseidón es un dron submarino gigante de aproximadamente 20 metros de largo, dos metros de diámetro y unas 100 toneladas de peso. Propulsado por un reactor nuclear compacto, puede viajar a profundidades de hasta 1.000 metros y a velocidades estimadas entre 60 y 100 nudos, con un alcance de hasta 10.000 kilómetros. Su diseño le permite operar de forma autónoma, cambiando de rumbo de manera impredecible, lo que lo hace extremadamente difícil de detectar e interceptar por los sistemas antisubmarinos actuales.
La principal amenaza del Poseidón no reside solo en la explosión nuclear (se habla de una ojiva de varios megatones), sino en su capacidad para generar gigantescas olas radiactivas que podrían contaminar y devastar ciudades costeras, bases navales y puertos durante décadas. Es un arma pensada para el “segundo golpe”, es decir, para responder incluso si la mayor parte de las fuerzas rusas han sido neutralizadas.
En octubre de 2025, el presidente Vladimir Putin anunció una prueba exitosa del sistema, destacando que por primera vez se logró lanzar el torpedo desde un submarino portador y activar su unidad de propulsión nuclear. Rusia planea desplegar al menos 30 unidades de Poseidón en cuatro submarinos especializados, incluyendo el Khabarovsk, cuya entrada en servicio podría concretarse durante 2026.
Este proyecto forma parte de la estrategia rusa de desarrollar armas asimétricas que compensen su desventaja tecnológica convencional frente a la OTAN, buscando romper el equilibrio de poder en el ámbito nuclear y naval.
Mientras analistas occidentales debaten sobre su verdadero grado de madurez operativa y posibles limitaciones técnicas, el mensaje de Moscú es claro: en las profundidades del océano, Rusia prepara un arma que pretende cambiar las reglas del juego estratégico global.