Sturzenegger impulsa medidas que atacan directamente el rol histórico y las competencias de la Marina de Guerra:
Lo que se vende como “eficiencia liberal” es, en realidad, una grave imprudencia estratégica.
Una visión peligrosa: el Estado como enemigo
Sturzenegger y su equipo parecen creer que cualquier función estatal es, por definición, ineficiente y debe ser recortada o privatizada. Aplicar esta lógica dogmática a la Armada Argentina es extremadamente riesgoso.
La Marina no es solo una fuerza de combate: es guardiana de la soberanía en el mar, en la hidrovía Paraná-Paraguay y en el Atlántico Sur, zona rica en recursos pesqueros, hidrocarburíferos y estratégicos.
Dejar el control de la navegación y la formación de marinos en manos de una Prefectura más orientada a tareas policiales, o directamente abrirle la puerta a empresas extranjeras, implica ceder control efectivo sobre rutas fluviales y marítimas vitales para la economía argentina.Debilidad institucional disfrazada de reforma
Esta ofensiva contra la Armada forma parte de un patrón más amplio: la obsesión por achicar el Estado sin distinguir entre burocracia inútil y capacidades estratégicas irremplazables.
Una nación con más de 4.000 kilómetros de costa, que reclama la soberanía sobre el Atlántico Sur y la Antártida, no puede permitirse debilitar a su principal institución marítima.
¿Cuál es el próximo paso? ¿Vender buques? ¿Reducir personal naval? ¿Convertir a la Armada en una fuerza decorativa mientras empresas extranjeras controlan el transporte de nuestros granos y minerales?
El costo de la ideología
Sturzenegger actúa con la lógica de un técnico que ve al país como una empresa a optimizar, sin comprender (o sin importarle) que ciertas instituciones son pilares de la soberanía nacional.
La desregulación indiscriminada, cuando se aplica sobre áreas sensibles de defensa y seguridad, deja de ser liberalismo y se transforma en irresponsabilidad estatal.Argentina ya ha sufrido en el pasado las consecuencias de tener unas Fuerzas Armadas debilitadas y desfinanciadas. Repetir ese error en el siglo XXI, bajo la excusa de “achicar el Estado”, es un riesgo innecesario que puede pagarse caro en términos de independencia y proyección internacional.
Conclusión:
Sturzenegger no está simplemente “poniendo la lupa” sobre la Armada. Está impulsando reformas que, de concretarse plenamente, debilitarán una institución clave para la defensa de la soberanía argentina. En nombre de la eficiencia económica, se está jugando con la seguridad marítima del país. Eso no es progreso: es un error estratégico de proporciones históricas.