En concreto, durante 40 días consecutivos, aviones estadounidenses e israelíes llevaron a cabo una intensa campaña de bombardeos sobre las montañas que rodean la ciudad de misiles de Yazd, en el centro de Irán. A pesar de emplear gran cantidad de municiones guiadas de precisión y bombas antibúnker, las rocas de granito de las montañas resultaron prácticamente impenetrables, protegiendo las instalaciones de lanzamiento y almacenamiento.
Esta capacidad de supervivencia permitió a Irán mantener lanzamientos de misiles casi hasta el final del conflicto, a pesar de la superioridad aérea de sus adversarios. Las “ciudades de misiles” iraníes, excavadas profundamente en macizos montañosos y reforzadas con ingeniería extensiva, demostraron ser mucho más resistentes de lo que Washington y Tel Aviv habían anticipado en sus planes operativos.
Este hecho representa uno de los mayores desafíos tácticos que enfrentaron las fuerzas aéreas aliadas durante el conflicto y pone en evidencia las limitaciones de los bombardeos convencionales contra instalaciones subterráneas fuertemente protegidas por la geología natural.La resistencia de Yazd se ha convertido en un símbolo de la estrategia iraní de “defensa en profundidad” y podría obligar a replantear futuras doctrinas militares contra objetivos similares en la región.
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