Este no es un mero “incidente administrativo”. Es la radiografía brutal de un Estado que ha decidido abandonar a sus Fuerzas Armadas hasta el punto de dejarlas literalmente a oscuras.
Un Ejército mendigando luz
Mientras el gobierno nacional pregona un ajuste fiscal “sin excepciones”, las consecuencias caen con especial crueldad sobre las instituciones que deberían ser pilar de la soberanía. Un batallón de montaña —unidad clave para el control y defensa del territorio patagónico— quedó sin energía eléctrica porque el Ministerio de Defensa no pudo (o no quiso) pagar las facturas a tiempo.
La Cooperativa CALF, que atiende a miles de neuquinos, aplicó su política habitual: quien no paga, se queda sin servicio. Y el Ejército Argentino, una de las instituciones más antiguas y simbólicas del país, terminó tratado como un cliente moroso cualquiera. La vergüenza es doble: primero, que las Fuerzas Armadas lleguen a esta situación; segundo, que una cooperativa provincial tenga que recordarle al Estado nacional sus obligaciones básicas.
El ajuste que desangra la defensa
Este escándalo no ocurre en el vacío. Forma parte de un patrón preocupante: múltiples dependencias militares en Neuquén acumulan deudas millonarias, y según reportes, cerca de 20 dependencias del Ejército a nivel nacional han sufrido cortes o amenazas similares por falta de pago.
¿Dónde está el límite del ajuste? ¿Se justifica recortar hasta el punto de comprometer la operatividad de cuarteles, la capacidad de respuesta ante emergencias o el entrenamiento de tropas en una zona estratégica como la Patagonia? Un batallón sin luz adecuada pierde capacidad para cumplir sus funciones básicas: mantenimiento de equipos, seguridad perimetral, comunicaciones y preparación para eventuales contingencias.
Esto no es “eficiencia fiscal”. Es desidia institucional disfrazada de austeridad. Las Fuerzas Armadas argentinas ya venían arrastrando desinversión, equipamiento obsoleto y salarios de miseria. Ahora, ni siquiera les garantizan el servicio eléctrico básico.
Una imagen que duele
La foto mental es patética: soldados argentinos, herederos de San Martín y de Malvinas, operando en la oscuridad por culpa de una deuda impaga. Mientras tanto, el Ministerio de Defensa sale a “comprometerse” a pagar y pide postergar el corte. Promesas. Siempre promesas.
Esta situación es indigna para una nación que pretende proyectar seriedad internacional. ¿Qué imagen da al mundo un país que no puede mantener iluminado uno de sus propios batallones?
Es un síntoma claro de priorización equivocada: se ajusta primero donde más duele y donde menos grita: la defensa nacional.
Exigencia de responsabilidades
Este episodio no debería pasar como una anécdota. Exige explicaciones concretas del ministro de Defensa y del jefe del Ejército. ¿Por qué se acumuló esta deuda durante cuatro meses? ¿Dónde fueron destinados los recursos presupuestarios? ¿Cuántas otras unidades están en la misma situación precaria?
La defensa nacional no es un gasto suntuario. Es una inversión en soberanía. Dejar que le corten la luz al Ejército no es solo un papelón logístico: es un acto de autoboicot estratégico.Argentina merece unas Fuerzas Armadas dignas, equipadas, entrenadas y respetadas. No un Ejército que tenga que negociar con una cooperativa para que no le apaguen las luces.La humillación de Neuquén debería servir como llamada de atención urgente.
Porque cuando al Ejército le cortan la luz, es el país entero el que queda a oscuras.