El reciente corte de luz al Batallón de Ingenieros de Montaña 6 en Neuquén no es un incidente aislado. Es el símbolo perfecto de una degradación que, de no revertirse, puede convertirse en el mayor factor de riesgo estratégico del país.
El peligro real no está solo afuera
La historia militar demuestra una y otra vez que las derrotas más catastróficas no siempre comienzan con un enemigo superior, sino con ejércitos desmoralizados, mal equipados y despreciados por su propia dirigencia política. Desde la Francia de 1940 hasta el colapso ruso en la Primera Guerra Mundial, el deterioro interno de las fuerzas armadas suele preceder —y facilitar— las grandes crisis.
En Argentina, el mensaje que se envía hoy es devastador:
Esto no es “ajuste eficiente”. Es desmantelamiento simbólico y material de la institución que debe garantizar la soberanía. Cuando un soldado siente que su propio gobierno lo considera prescindible, la cadena de mando se erosiona, la moral se derrumba y la disuasión estratégica desaparece.
Neuquén como síntoma terminal
El corte de suministro eléctrico al Batallón en Neuquén es humillante en múltiples dimensiones. Una unidad clave para el control de un territorio estratégico (fronteras, recursos naturales, proyección antártica) queda literalmente a oscuras por deudas impagas. ¿Qué mensaje recibe Chile, qué mensaje recibe cualquier actor con intereses en la Patagonia, cuando ve que el Ejército argentino no puede mantener iluminado uno de sus cuarteles? Peor aún: el mensaje que recibe el propio soldado. El que juró defender la patria ahora debe negociar con una cooperativa para que no le corten la luz. Esa pérdida de dignidad institucional es mucho más peligrosa que cualquier recorte presupuestario aislado.
El costo estratégico de la humillación
Un gobierno que destrata a sus fuerzas armadas genera varios efectos letales:
Argentina tiene desafíos concretos de soberanía: la Cuenca del Plata, el Atlántico Sur, la Antártida, la frontera norte y los recursos naturales. Enfrentarlos con unas Fuerzas Armadas desmoralizadas y precarias es jugar a la ruleta rusa.
El error ideológico de fondo
Parte del problema radica en una visión cortoplacista y casi ideológica que confunde “ajuste fiscal” con desmantelar las capacidades estatales esenciales. La defensa nacional no es un gasto suntuario ni un “curro”. Es la última línea de garantía de la independencia. Países serios como Israel, Singapur o incluso Chile entienden esto perfectamente y actúan en consecuencia.
En Argentina, en cambio, parece prevalecer la lógica de que “total, no hay guerra ahora”. Como si las amenazas fueran solo militares convencionales y visibles. La verdadera vulnerabilidad en el siglo XXI es la debilidad interna prolongada.
Urgencia de un cambio de rumbo
Si el gobierno actual quiere realmente fortalecer al país, debe entender que no hay soberanía sin Fuerzas Armadas dignas.
Eso implica:
Mientras sigamos enviando soldados a buscar velas en la oscuridad, seguiremos siendo un país potencialmente rico pero estratégicamente frágil.La mayor hipótesis de conflicto para Argentina en los próximos años no es externa. Es doméstica. Es la posibilidad real de que, por desprecio, desidia o dogmatismo fiscalista, terminemos destruyendo desde adentro la única institución que, en última instancia, puede responder cuando todo lo demás falla.Y esa, lamentablemente, es una hipótesis que estamos alimentando día a día.