El régimen del Servicio Militar Voluntario en la Argentina ha demostrado ser, desde su implementación a mediados de la década del 90, una herramienta vital para miles de jóvenes. Les brinda disciplina, formación, un sueldo digno y la oportunidad única de servir a la Patria. Sin embargo, el sistema tiene una fecha de vencimiento inexorable: los 28 años de edad.
Al llegar a ese límite, y de no haber ingresado a la escuela de oficiales o suboficiales, el soldado voluntario debe dejar la fuerza. Se produce entonces una transición abrupta, un "salto al vacío" donde el uniforme se queda en el cuartel y el joven se encuentra, de la noche a la mañana, frente a un mercado laboral civil que muchas veces no sabe cómo valorar sus años de servicio.
A diferencia de cualquier empleo en el ámbito civil o incluso en otras fuerzas de seguridad, el Soldado Voluntario se rige por un contrato que prescribe por alcanzar la edad límite. Al cumplir los 28 años, el soldado no es "despedido", simplemente cesa su incorporación.
Esto genera un limbo complejo:
Sin indemnización por años de servicio: Al ser un régimen de voluntariado con fecha de caducidad fijada por ley, el soldado se retira con su última liquidación y nada más.
Aportes previsionales intermitentes: Si bien durante sus años de servicio realizan aportes, quedar desocupado a los 28 años interrumpe su historial laboral en una edad clave.
Desprotección post-baja: El sistema actual no prevé un "período de transición" económico o de cobertura social (como la obra sucia) mientras el exsoldado busca reinsertarse.
Un soldado que pasa entre 6 y 10 años en las fuerzas adquiere competencias que cualquier empresa privada desearía: puntualidad extrema, capacidad de trabajar bajo presión, liderazgo de equipos, manejo de logística, mantenimiento de equipos complejos y una altísima lealtad institucional.
Sin embargo, el mercado laboral civil sufre de un persistente desconocimiento sobre la vida militar. Si el soldado no desempeñó un oficio técnico explícito (como mecánico, cocinero o enfermero), el currículum de un infante o un artillero a menudo es incomprendido por los selectores de personal de recursos humanos. Las habilidades blandas (soft skills) que se forjan en el cuartel se pierden en la traducción al mundo corporativo o comercial.
La solución no es cambiar el límite de edad —ya que las fuerzas necesitan mantener una base joven y operativamente apta—, sino construir un puente hacia la vida civil. En otros países del mundo, los ministerios de Defensa cuentan con agencias específicas de reinserción laboral que actúan un año antes de la baja del soldado.
Para el caso argentino, el debate en la Red Castrense debería apuntar a la necesidad de implementar políticas públicas concretas:
Convenios de homologación: Que el adiestramiento militar otorgue títulos oficiales habilitantes (en seguridad, manejo de autoelevadores, logística, telecomunicaciones o gestión de emergencias).
Cupos y puntajes en el Estado: Generar convenios para que los exsoldados tengan prioridad o puntaje extra al postularse en fuerzas de seguridad provinciales, servicios penitenciarios, aduanas o defensa civil.
Alianzas con el sector privado: Beneficios fiscales para empresas que contraten a jóvenes que hayan completado su período como Soldados Voluntarios con un legajo ejemplar.
El Deber de No Soltarles la Mano
El Estado argentino invierte millones de pesos en capacitar, vestir y alimentar a un soldado durante casi una década. Dejarlo a la deriva a los 28 años no solo es una injusticia humana para quien dio sus mejores años a la Patria; es también un pésimo negocio logístico y económico para el propio país, que descarta mano de obra altamente calificada en valores y disciplina.
Reconocer el problema y legislar una transición digna es el próximo paso para que el servicio voluntario sea, verdaderamente, una plataforma de despegue y no un callejón sin salida.