El ensayo, que consistió en el disparo de un misil desarmado con capacidad nuclear, fue monitoreado de cerca por las fuerzas estadounidenses. Aunque la prueba cumplió con su trayectoria hasta impactar en aguas internacionales del Pacífico Austral, la respuesta política de la administración norteamericana no se hizo esperar, subiendo el tono de la retórica bilateral.
En su declaración oficial, el Departamento de Estado norteamericano fue tajante al contrastar las agendas de ambas potencias:
"En un momento en que Estados Unidos trabaja más que nunca para evitar la proliferación nuclear, China está haciendo lo contrario. El rápido y opaco aumento de armas nucleares de Pekín preocupa profundamente a la región y al mundo".
El eje del reclamo estadounidense no se centra únicamente en la demostración de fuerza militar, sino en el secretismo que rodea al programa armamentístico liderado por Xi Jinping. Desde Washington se viene insistiendo en la necesidad de que China se pliegue a los estándares de las otras potencias del denominado "P5" (los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU: EE. UU., Rusia, China, Francia y el Reino Unido).
En este sentido, el comunicado insta formalmente a Pekín a entablar "discusiones significativas sobre el control de armamentos" y a comprometerse con un sistema de notificación regularizado y predecible para todos sus lanzamientos espaciales y de misiles balísticos intercontinentales.
La prueba militar china resuena con fuerza en una región donde la tensión ya es elevada debido a las disputas en el Mar de la China Meridional y el estatus de Taiwán. Consciente del impacto psicológico y estratégico del ensayo en sus socios regionales —como Japón, Australia y Filipinas—, el gobierno estadounidense cerró su comunicado ratificando su postura geopolítica: "Estados Unidos se mantiene firme en sus compromisos de defensa con nuestros aliados y socios".
Este nuevo cruce deja en claro que la carrera tecnológica y militar en el ámbito submarino y nuclear está lejos de enfriarse. Mientras Pekín busca consolidar su capacidad de disuasión de largo alcance, Washington intenta trazar líneas rojas diplomáticas, advirtiendo que la falta de transparencia en los arsenales del siglo XXI es, hoy en día, el mayor factor de riesgo para la estabilidad global.