Lejos del fervor militante que suele rodear las apariciones del mandatario, Villarruel optó por un tono institucional y desapasionado para procesar las palabras presidenciales. Al ser consultada por los medios, la titular del Senado despachó el mensaje de Milei con una etiqueta fría y desmarcada: “El discurso del Presidente es político; hoy conmemoramos una fecha que nos trasciende a todos los espacios políticos”.
Esa sutil reducción de la alocución presidencial a un simple "hecho político" —en lugar de un hito patriótico fundacional— deja en evidencia un esfuerzo por no quedar atrapada en la narrativa hiperideologizada del Ejecutivo.
El desapego de la vicepresidenta no fue solo una frase aislada, sino el emergente de un distanciamiento que se viene cocinando en varios frentes:
Logística de la distancia: Fiel a la dinámica de los últimos meses, Villarruel viajó a Tucumán de manera separada de la comitiva oficial (utilizando un vuelo de línea) y la interacción con el mandatario se limitó al estricto cumplimiento del protocolo. De hecho, confirmó públicamente que ni siquiera existió un saludo personal entre ambos durante el encuentro.
La agenda de la "unidad" contra la polarización: Mientras el discurso presidencial buscó remarcar las líneas divisorias de su proyecto político, Villarruel contrapuso un reclamo de armonía colectiva: “El discurso tiene que ser el de la unidad”, señaló, marcando que una fecha patria debe servir para acercar y no para profundizar las grietas.
Un matiz económico incómodo: La tibia valoración del discurso también incluyó un sutil pero firme llamado de atención socioeconómico. La vicepresidenta aprovechó la atención mediática para recalcar las "muchas carencias" del país, advirtiendo explícitamente que “no hay que dejar que las industrias mueran” y pidiendo foco en la producción nacional y el empleo, una postura clásica de su perfil nacionalista que choca con la ortodoxia libertaria pura.
Para el ecosistema político, la moderación de Villarruel a la hora de aplaudir el libreto oficial no tiene nada de ingenua o temerosa. Al catalogar el mensaje del presidente como "su interpretación" de la realidad, la vicepresidenta preserva su propio capital político intacto. No rompe el cristal del Gobierno del que forma parte, pero tampoco se funde en su retórica.
"Hoy por hoy, simplemente pienso en cumplir con mi deber, que es el de vicepresidente de la Nación", declaró al ser consultada sobre sus ambiciones futuras, sembrando una sugerente ambigüedad al reconocer que le gustaría "servir a los argentinos con decencia, con honestidad y con profundo patriotismo".
En la Casa Histórica, donde alguna vez se firmó la ruptura con un orden establecido, la interna del poder actual firmó otro capítulo de su propia emancipación silenciosa. La tibieza aparente de Victoria Villarruel no es falta de carácter; es, más bien, el despliegue de una autonomía que prefiere mirar a la bandera antes que al líder del espacio.