Por: Por la Redacción de Red Castrense
No es, bajo ningún concepto, un partido más.
Cuando la camiseta celeste y blanca se cruza con la de Inglaterra, el césped se transforma en un territorio de memoria activa. No se trata de revanchismo folclórico ni de trasladar la violencia de las trincheras a las tribunas. Se trata de entender que hay heridas que el tiempo no cierra porque el despojo sigue siendo una realidad cotidiana. Mientras el Reino Unido mantenga la usurpación de nuestras Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur, cualquier cruce con ellos reaviva el fuego de una causa nacional que excede por completo los límites de una cancha.
El único puente en una Argentina agrietada
En una sociedad marcada por divisiones políticas, debates económicos inconducentes y una polarización que parece calar cada vez más hondo en el día a día, la causa Malvinas resiste como el último bastión de consenso inquebrantable.
Malvinas es, quizás, el único foco de unión real, transversal y genuino que les queda a los argentinos.
No importa de qué lado de la grieta se pare cada ciudadano; ante el reclamo de soberanía y el respeto sagrado a nuestros héroes, las diferencias se diluyen. Es el único territorio —emocional y simbólico— donde todos nos reconocemos bajo la misma bandera. El sentimiento por las islas no se negocia, no se debate en términos de conveniencia partidaria y se transmite de generación en generación como un mandato de memoria y justicia.
La provocación del presente y la sombra de Margaret Thatcher
Por eso, duele y desconcierta el panorama político actual. En una afrenta directa a la sensibilidad histórica del pueblo argentino, hoy nos encontramos con una conducción nacional cuyo presidente se declara abiertamente admirador de Margaret Thatcher.
La figura de la "Dama de Hierro" no representa para los argentinos una simple líder política europea; representa a quien dio la orden criminal e innecesaria de hundir el Crucero ARA General Belgrano fuera de la zona de exclusión militar declarada por el propio Reino Unido.
El hundimiento del Belgrano: Un hecho calificado por el derecho internacional y la memoria colectiva como un verdadero crimen de guerra, que se cobró la vida de 323 tripulantes argentinos.
La contradicción ética:
Que la máxima autoridad del país exprese admiración por la responsable política de esa masacre es una puñalada al corazón de los familiares de los caídos, de los veteranos de guerra y de la propia soberanía nacional. Es relativizar el dolor y el sacrificio de quienes entregaron su vida en el Atlántico Sur.
Jugar con memoria
Por todo esto, cuando rueda la pelota contra Inglaterra, el partido adquiere una dimensión diferente. No es odio, es memoria. Es saber que en cada rincón del país hay un mural, un veterano que custodia la historia en su barrio, y un recuerdo latente de que una parte de nuestra patria sigue bajo control colonial.
El fútbol no va a recuperar las islas, ni va a cambiar las decisiones diplomáticas. Pero sí tiene el poder de gritarle al mundo, durante noventa minutos y ante los ojos de millones, que Argentina no olvida. Que los pibes de Malvinas están presentes, que el Belgrano sigue navegando en la memoria popular y que, por más que intenten entregarnos al olvido desde los atriles de poder, la soberanía sobre nuestro suelo es una causa que se lleva en la piel.