Por: Por la Redacción de Red Castrense
En su infinita cruzada por mantener el deporte "puro y libre de ideologías" (una pureza que, curiosamente, siempre cotiza en bolsa), la FIFA ha decidido que la silueta de las Islas Malvinas en un pedazo de tela es una peligrosa provocación geopolítica. Un "contenido político" intolerable. Por supuesto, nuestras autoridades de seguridad, siempre tan atentas a no incomodar al poder internacional y expertas en el noble arte del entreguismo, ya están listas para confiscar banderas con el rigor que jamás aplican a los delincuentes reales.
Pero les queda un pequeño problema de logística. Uno de 48 millones de personas.
Queridos inspectores de la FIFA: ya que sus sofisticados escáneres van a requisar trapos y camisetas para que ningún hincha inglés sufra ansiedad geopolítica en la tribuna, les sugerimos ir armando un Excel bastante grande. Porque cuando empiece a sonar el clásico, inevitable e intergeneracional "El que no salta es un inglés...", van a tener que sancionar a un país entero.
Imaginemos el escenario bajo la lógica de la vara FIFA:
Multas por vibración sísmica: 48 millones de argentinos saltando al unísono configuran una flagrante violación al "protocolo de neutralidad acústica". Habrá que multar los tobillos de toda la población.
El dilema del derecho de admisión: Si cantar por Malvinas o contra el histórico rival deportivo y geopolítico es "política", la policía local tendrá que aplicar derecho de admisión a tres generaciones completas de argentinos, incluidos abuelos y niños en edad preescolar.
Inhabilitación de estadios: Al considerarse el suelo argentino como "zona de alta concentración de fervor soberano", la FIFA se verá obligada a mudar los partidos de la Selección a la Luna, un territorio que, hasta donde sabemos, todavía no ha reclamado la soberanía de las islas (denles tiempo).
"¿Cómo van a decomisar un cancionero popular? ¿Van a ponerle un silenciador a las gargantas de las populares o van a mandar a 'Tribuna Segura' a cachear las cuerdas vocales de la gente antes de entrar?"
Lo verdaderamente tierno de esta situación es la doble vara de una Federación Internacional que se espanta con el mapa de Malvinas pero no tiene problemas en otorgar mundiales a regímenes con historiales de derechos humanos bastante creativos, siempre y cuando los cheques tengan los ceros suficientes. Su manual de convivencia está condicionado por los designios de las potencias de siempre: si el reclamo es del Sur global, es "política molesta"; si el negocio es del Norte, es "diplomacia deportiva".
Y mientras la FIFA opera con su habitual hipocresía corporativa, del lado local asistimos al triste espectáculo de la obediencia debida. Da una mezcla de risa y lástima ver a los responsables de la seguridad interna sobreactuar el rol de prefectos de colegio pupilo, confiscando la memoria histórica para que los veedores de traje y corbata les pongan un "aprobado" en el cuaderno.
Vayan preparando los talonarios de multas y los estadios de máxima seguridad. Porque las banderas se las podrán quedar en la puerta, pero para callar el canto de 48 millones van a necesitar un reglamento bastante más grande que el suyo.