Por: Por la Redacción de Red Castrense
Días antes del trascendental cruce, la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, avaló públicamente la prohibición impuesta por la FIFA de ingresar con banderas, remeras o carteles alusivos a las Islas Malvinas.
"Es un partido de fútbol, queremos el mejor resultado y que no se nos crucen los cables. No confundamos", declaró Monteoliva, reduciendo un reclamo constitucional e histórico a un mero capricho que podía empañar el espectáculo.
Tratar las siluetas de nuestras islas o el reclamo pacífico de soberanía como un elemento "violento" o "provocador" para no incomodar a la federación internacional —o al rival de turno— fue leído por gran parte de la sociedad como una concesión innecesaria y un retroceso diplomático disfrazado de "prudencia deportiva".
Tras el pitazo final que decretó el histórico 2 a 1 a favor de Argentina (gracias a los goles de Enzo Fernández y Lautaro Martínez), los futbolistas decidieron que el protocolo institucional no iba a silenciar el sentimiento de millones.
En medio de los festejos de cara a la tribuna albiceleste, Giovani Lo Celso, Lisandro Martínez y Nicolás Otamendi desplegaron una pancarta improvisada, escrita a mano, con una frase tan contundente como innegociable: "Las Malvinas son argentinas".
El gesto no fue una "provocación" barata, sino un acto de estricta justicia histórica y un mimo para los excombatientes, quienes en la previa habían enviado cartas de apoyo al plantel. La respuesta posterior de Leandro Paredes ante la prensa terminó de sepultar la tibieza ministerial: al ser consultado por la bandera y la posible sanción de la FIFA, el mediocampista sentenció con naturalidad: "Y serán siempre argentinas".
Mientras desde los despachos oficiales se intentó "despolitizar" un sentimiento que corre por las venas de los argentinos para evitar sanciones o roces diplomáticos, los jugadores demostraron que la camiseta de la Selección carga con una responsabilidad que excede lo táctico.
La "Scaloneta" no solo juega al fútbol de manera extraordinaria; también entiende el pulso de su gente. El intento de Monteoliva de amordazar el reclamo de soberanía quedó reducido a un papelón burocrático, barrido por el viento de un festejo genuino, soberano y profundamente argentino en el corazón de Atlanta.