La claudicación ideológica de un sector del Gobierno, que intentó complacer directivas de la FIFA y de los organizadores estadounidenses para "no incomodar" a los ingleses, recibió una respuesta categórica de los únicos que verdaderamente representan el sentir popular: los jugadores de la Selección Argentina.
Que un funcionario público argentino intente rebajar el reclamo soberano más unificador de la historia del país es, cuanto menos, alarmante. Que lo haga la máxima responsible de la seguridad nacional, cruzando la línea de considerar una provocación violenta a la silueta de las islas, es un acto de capitulación cultural.
Monteoliva no solo aceptó dócilmente la censura impuesta en los accesos al estadio de Atlanta; la justificó públicamente ante las cámaras: "No están permitidas las banderas que tengan el mapita de Malvinas... es contenido político". Para el Ejecutivo, la causa nacional que la propia Constitución define como un objetivo "permanente e irrenunciable" pasó a ser equiparada con un "mensaje de odio".
La reacción no se hizo esperar. Los excombatientes del CECIM La Plata salieron al cruce inmediatamente con un cántico directo a las fibras de la gestión: "Monteoliva, qué vergüenza que nos das. Reprimís a jubilados y a Malvinas entregás". La genuflexión oficial buscaba pasar desapercibida bajo el paraguas de la diplomacia deportiva, pero terminó exponiendo una preocupante falta de patriotismo en pos de agradar a la mirada anglosajona.
El destino, que suele ser poético, le dio la mejor de las bofetadas a la postura oficial. Tras un partido durísimo, Argentina venció 2-1 a Inglaterra sobre la hora gracias a los goles de Enzo Fernández y Lautaro Martínez, sellando su pasaporte a la gran final del mundo.
Pero el verdadero golazo ocurrió apenas sonó el silbato final:
La bandera de la rebeldía: Desafiando cualquier prohibición de la FIFA y rompiendo el estricto protocolo de "no confrontación" que se había intentado instalar en la previa, los jugadores se agruparon de cara a la tribuna albiceste.
Lo Celso y Martínez a la cabeza: Giovani Lo Celso y Lisandro Martínez consiguieron y desplegaron sobre el césped una bandera gigante con la inscripción inequívoca: "Las Malvinas son argentinas".
La voz del vestuario: Aunque en conferencia Lionel Scaloni intentó mantener los pies sobre la tierra respecto a lo estrictamente deportivo, Lisandro Martínez fue contundente tras el festejo: "Este era el partido que todos los argentinos esperaban. Nosotros sentimos todo lo que ellos sienten. Sabíamos que ganar hoy iba a ser un gran mimo para nuestro pueblo".
La imagen de los campeones del mundo posando con el orgullo intacto dio la vuelta al planeta de inmediato. Mientras la prensa británica —como el diario The Sun— tildaba el gesto de "arrogancia argentina", en nuestro país la foto sirvió como el recordatorio de que la memoria de los pibes de Malvinas no se negocia ni se apaga con circulares de la FIFA ni con declaraciones entreguistas de funcionarios de turno.
Al final del día, el "mapita" que la ministra quiso esconder terminó brillando en las manos de los mejores del mundo.