Lo que pretendía ser un trámite burocrático de coordinación deportiva devino en un dolor de cabeza para un Gobierno que, de golpe, se vio expuesto a acusaciones de debilidad soberana y desmalvinización.
El Gobierno nacional venía manejando la espinosa cuestión de las Malvinas bajo una línea discursiva clara: mantener el histórico reclamo diplomático de soberanía pero enfatizando el acercamiento comercial y el respeto a las directivas de los organismos internacionales —incluyendo la FIFA y sus estrictas políticas de "neutralidad política"—.
El problema no fue la aplicación técnica del protocolo del estadio Mercedes-Benz de Atlanta, sino la terminología y el marco argumentativo que utilizó la ministra. Al calificar las banderas con las Islas como un "mensaje político" equiparable a un "mensaje de odio" o de "provocación", y referirse al contorno geográfico como un mero "mapita", Monteoliva rompió el delicado equilibrio oficial.
El cortocircuito interno: En los despachos de la Casa de Gobierno la indignación no tardó en filtrarse. Para un sector del oficialismo, la ministra "se pasó de rosca". Una cosa es acatar de manera pragmática las exigencias de seguridad de la FIFA en EE. UU. para evitar sanciones, y otra muy distinta es justificar ideológicamente la censura del reclamo de soberanía nacional, asumiendo el costo político de cara a la sociedad argentina.
La verborragia de Monteoliva no solo encendió la furia de los centros de excombatientes y de la oposición, sino que expuso contradicciones internas que el Ejecutivo prefería mantener bajo la alfombra:
La contraofensiva de Villarruel: Mientras Monteoliva defendía la prohibición en los medios bajo el rótulo de "evitar situaciones sensibles", la vicepresidenta Victoria Villarruel —fiel a su agenda de defensa de la causa Malvinas— aprovechaba el contexto para pintar la previa con mística soberana, tildando públicamente a los rivales de "piratas usurpadores". La ministra de Seguridad dejó al ala más dura del gobierno en una posición sumamente incómoda.
La encrucijada del Vocero: El portavoz de la presidencia, Adrián Ravier, tuvo que hacer malabares en conferencia de prensa ante preguntas incómodas sobre la admiración de Milei por Margaret Thatcher y el supuesto aval del Gobierno a la censura en Atlanta. La sobreactuación de Seguridad obligó a la vocería a salir a aclarar de urgencia que el presidente "no modificó la posición histórica sobre el reclamo de soberanía".
Para colmo de males dentro de la estrategia oficial, el partido terminó con un triunfo argentino y la subsiguiente desobediencia de los propios jugadores de la Selección. Cuando Lisandro Martínez y Giovani Lo Celso desplegaron la bandera de las islas en pleno campo de juego, la contradicción quedó expuesta ante millones de televidentes.
Al final, la jugada de Monteoliva se convirtió en un búmeran. En su afán por mostrarse como una garante del orden internacional y de las reglas del "espectáculo libre de política", terminó obligando al Gobierno de Milei a pagar un costo político altísimo ante la opinión pública, quedando del lado equivocado de una de las pocas causas que todavía unen transversalmente a todos los argentinos.