Por: Por la Redacción de Red Castrense
Cuando los jugadores de la "Scaloneta" desplegaron la bandera con la leyenda "Las Malvinas son argentinas" en suelo estadounidense, la primera reacción del gobierno de Milei no fue de respaldo soberano ni de defensa a la libre expresión. Al contrario, el oficialismo se apresuró a tildar el gesto de "slogan populista y berreta", alineándose rápidamente con el temor a represalias de la FIFA o el enojo del Reino Unido. Días antes, desde el Ministerio de Seguridad se había intentado restringir el ingreso de insignias vinculadas a las islas en los estadios.
Para un mandatario que se autopercibe como el máximo heraldo de la libertad global, la respuesta ante la manifestación espontánea de los futbolistas fue la del burócrata temeroso de romper el statu quo diplomático. El "anarcocapitalismo" mostró su hilacha más rancia: priorizar la sumisión a los mercados y las potencias globales por encima de las libertades individuales de sus propios compatriotas.

La verdadera ironía llegó desde Washington. Mientras el gobierno argentino sobreactuaba prudencia ante Londres, la administración de Donald Trump —el espejo político en el que Milei tanto anhela reflejarse— intervino con un pragmatismo aplastante. A través de sus portavoces, la Casa Blanca defendió el derecho de los jugadores argentinos a expresarse, amparándose en la Primera Enmienda de la Constitución de los EE. UU. y la libertad de expresión.
"Los argentinos tienen la libertad de hacerlo en los Estados Unidos", sentenció el entorno de Trump, rechazando los pedidos de sanción británicos y descolocando por completo a la Cancillería argentina.
Este respaldo estadounidense no solo fue un guiño a la Scaloneta; fue una bofetada ideológica para Milei. Trump demostró que la libertad de expresión se defiende incluso cuando incomoda a los socios internacionales, desnudando que el concepto de "libertad" del gobierno argentino está severamente condicionado por sus complejos ideológicos y su alineamiento sumiso a ciertos ejes de poder.
El desajuste es todavía más profundo en la cuestión Malvinas. Las filtraciones sobre la postura ambivalente o de prescindencia de Trump respecto al histórico apoyo incondicional a Gran Bretaña obligaron a Milei a ensayar discursos improvisados sobre que "la soberanía no se negocia". Sin embargo, el contraste ya era evidente: el "populista de derecha" estadounidense terminó siendo más flexible y respetuoso de la causa argentina en suelo norteamericano que el propio presidente "libertario" en sus declaraciones públicas.
La fachada ha quedado al descubierto. La libertad de Milei parece ser un artículo de lujo que se pregona en foros internacionales de economía, pero que se suspende o se censura cuando choca con el fútbol, el fervor popular y el legítimo reclamo de soberanía de un pueblo. Al final, las lecciones de libertad no llegaron de los libros de la escuela austriaca, sino del asfalto estadounidense, donde quedó claro que defender la libertad de expresión implica bancársela, incluso cuando la bandera que se levanta incomoda al poder.