Por: Por la Redacción de Red Castrense
En la era del conflicto híbrido, las potencias ya no envían divisiones acorazadas con sus propias banderas a la primera línea de fuego; en su lugar, proyectan su poder a través de intermediarios (proxies) a los que financian, entrenan y, sobre todo, dotan de sistemas tecnológicos avanzados.
Históricamente, los grupos no estatales (milicias, insurgencias o paramilitares) se caracterizaban por el uso de tácticas irregulares sustentadas en armamento ligero o de fabricación artesanal. Hoy en día, la brecha tecnológica entre un ejército convencional y una fuerza delegada se ha reducido drásticamente.
Entre los sistemas de alta tecnología que están redefiniendo estas dinámicas destacan:
Drones FPV y de Ataque Merodeador (Kamikaze): Vehículos aéreos no tripulados comerciales modificados o militares de bajo costo que permiten a milicias locales realizar ataques de precisión contra infraestructuras críticas o fuerzas blindadas.
Misiles Guiados y Capacidad Balística: La transferencia de misiles antibuque, misiles crucero y proyectiles de guiado de precisión a grupos no estatales les permite disputar el control de estrechos marítimos y disuadir a potencias navales.
Sistemas de Ciberguerra y Guerra Electrónica: Software de intrusión, herramientas para la intercepción de comunicaciones y equipos de inhibición de señales GPS permiten a estos actores realizar operaciones de denegación de área y sabotaje digital.
¿Por qué los Estados optan por este esquema? La respuesta reside en el concepto de negación plausible.
Al delegar la acción cinética en un actor no estatal, la potencia patrocinadora reduce el riesgo de sufrir una respuesta militar directa o sanciones diplomáticas devastadoras.
Este uso de proxies equipados con alta tecnología sitúa las hostilidades en la denominada "zona gris" del Derecho Internacional: un espacio intermedio entre la paz formal y la guerra abierta donde las atribuciones de responsabilidad se difuminan en una maraña de acusaciones y desmentidos oficiales.
Aunque el empleo de fuerzas no estatales ofrece flexibilidad táctica y bajo costo político, no está exento de graves riesgos estratégicos. La transferencia de armamento avanzado y conocimientos tecnológicos a milicias o grupos irregulares genera un descontrol sobre el destino final del material bélico.
Una vez que un actor no estatal adquiere capacidad bélica autónoma, sus intereses pueden desalinearse de los de su patrocinador, provocando escaladas no deseadas o la propagación de armas de alta precisión en mercados negros e insurgencias regionales.
La combinación de la guerra híbrida, los actores delegados y la aceleración tecnológica ha cambiado de forma definitiva la arquitectura de la seguridad internacional. El poder militar ya no se mide únicamente por el tamaño de un ejército regular, sino por la capacidad de coordinar redes complejas de intermediarios capaces de operar con letalidad tecnológica en la sombra.
Hoffman, F. G. (2007). Conflict in the 21st Century: The Rise of Hybrid Wars. Potomac Institute for Policy Studies.
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Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). “Amenazas híbridas”, “zonas grises” e intermediarios: ¿Cuándo hablamos de guerra?
LISA Institute. Qué es la Guerra Híbrida y cómo nos afectan las Amenazas Híbridas.
Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE). Actores no estatales, proxies y los desafíos para la seguridad internacional.