La Libertad Avanza llegó al poder como un movimiento electoral, no como una fuerza con estructura, experiencia de gestión ni mayoría parlamentaria. Sin gobernadores propios y con una minoría en ambas cámaras, Milei necesitaba votos y operadores. El PRO de Mauricio Macri, al que había criticado duramente en campaña, se convirtió en el principal socio.
El gabinete lo refleja con claridad. Luis “Toto” Caputo, ministro de Economía, fue ministro de Finanzas y presidente del Banco Central bajo Macri. Federico Sturzenegger, a cargo de desregulación, también presidió el Central en aquella gestión. Patricia Bullrich pasó de candidata presidencial de Juntos por el Cambio a ministra de Seguridad y luego a un rol clave en el Senado. Diego Santilli, un operador clásico del macrismo, terminó como jefe de Gabinete tras el escándalo de Manuel Adorni. Informes de 2026 señalan que entre el 60% y el 70% de los ministros o cargos de primera línea tienen pasado en el PRO o en gestiones macristas. No son “técnicos neutrales”: son la misma red de poder que Milei juraba combatir.
La alianza electoral se formalizó. En 2025, LLA y el PRO compartieron listas en más de diez distritos, incluyendo CABA y Buenos Aires. Karina Milei negoció lugares “entrables” con el macrismo. La pureza ideológica cedió ante la necesidad de sumar legisladores y asegurar gobernabilidad. El outsider descubrió lo que todos los outsiders descubren: para gobernar hay que pactar, y en Argentina los pactos se hacen con la casta existente.
El discurso anticasta se basaba en la superioridad ética: “la moral como política de Estado”. Los escándalos de su propia gestión lo erosionaron. El caso de la criptomoneda $LIBRA, impulsada por el propio presidente; las denuncias de sobornos en compras de medicamentos de la Agencia Nacional de Discapacidad (con menciones a Karina Milei); y el enriquecimiento investigado de Manuel Adorni, su entonces jefe de Gabinete, mostraron que el entorno libertario no era inmune a las prácticas que se atribuían solo a “los de antes”.
La respuesta oficial fue la típica de la casta: cerrar filas, denunciar “operaciones mediáticas” y proteger a los propios. “A los nuestros se los banca” reemplazó a “hay que cortarles la mano a los corruptos”. La lógica del enemigo externo (periodistas, oposición, “zurdos”) sirvió para no asumir responsabilidades internas. Así, el gobierno que prometía destruir privilegios terminó defendiendo los propios.
Además, el ajuste fiscal —el núcleo de su promesa— no recayó principalmente sobre la casta política. Los recortes más profundos afectaron a jubilados, empleados públicos, universidades, obra pública y programas sociales. La percepción social, registrada en múltiples encuestas, es que “el esfuerzo lo estoy haciendo yo solo, porque la casta no lo está haciendo”. El discurso se vació de contenido cuando los privilegios de siempre (y algunos nuevos) persistieron, mientras el costo social se socializó.
Milei no eliminó la casta: la reconfiguró. El círculo íntimo (Karina Milei, Santiago Caputo y operadores cercanos) concentra un poder opaco y personalista. La lealtad reemplazó al mérito en muchos nombramientos. La narrativa antisistema se mantiene como herramienta de movilización, pero funciona cada vez más como escudo: cualquier crítica se convierte en ataque de “la casta”, incluso cuando proviene de exaliados o de hechos internos.
Esta dinámica no es exclusiva de Milei. Los populismos de ruptura suelen terminar absorbiendo o siendo absorbidos por las estructuras que denuncian. La diferencia es que él hizo de esa denuncia su identidad central. Al fallar en sostenerla en la práctica, generó una crisis de coherencia que debilita su propio relato.
Milei no pudo despegarse de la casta porque la casta no es solo un grupo de personas: es el sistema de incentivos, redes de poder, necesidad de negociación y ausencia de alternativas institucionales en la Argentina contemporánea. Su falta de cuadros propios, la minoría legislativa y la urgencia de estabilizar la economía lo obligaron a recurrir a los operadores experimentados del PRO y a las prácticas de siempre. Al mismo tiempo, su entorno reprodujo privilegios y opacidad bajo una nueva etiqueta.
El resultado es un gobierno que sigue gritando contra la casta mientras convive, negocia y se nutre de ella. La promesa de ruptura se transformó en pragmatismo forzado y, en algunos aspectos, en continuidad con nuevos actores. La historia argentina está llena de outsiders que terminaron dentro del sistema. Milei no fue la excepción. Solo fue el más ruidoso en anunciarlo.