Hoy, casi tres años después, ese capital está en disputa. El gobierno de Milei ha desplegado una intensa épica militar: gestos con los granaderos, anuncio de F-16, Plan Bandera, renovación simbólica de las Fuerzas Armadas. Fuentes libertarias lo reconocen sin rodeos: se trata de un intento deliberado por capturar el voto que originalmente acompañó a la fórmula por Villarruel. La vicepresidenta, marginada de las áreas de Defensa y Seguridad desde el primer día y convertida en una figura cada vez más distante del núcleo de poder, no se ha quedado de brazos cruzados.Villarruel ha salido a marcar territorio. Lo hace de dos maneras.
La primera es directa y de gestión: no deja pasar una oportunidad para señalar la crisis de la obra social militar (IOSFA) y el deterioro salarial de los uniformados. Sus críticas al exministro de Defensa Luis Petri por una gestión que calificó de “espantosa y fraudulenta” no son un simple cruce personal. Son un mensaje claro al mundo castrense: yo estoy del lado de ustedes cuando el gobierno no lo está. “Estoy completamente al tanto de los sueldos que cobran nuestros militares y policías. Lamentablemente no me permiten ninguna injerencia”, escribió en julio. El mensaje es transparente: el compromiso de campaña en materia de Defensa y Seguridad quedó trunco, y ella lo reclama.La segunda vía es simbólica y constante. En cada aniversario relevante —Día del Ejército, Día de la Fuerza Aérea, 2 de abril, 17 de agosto— Villarruel publica mensajes que refuerzan su identidad histórica con las Fuerzas Armadas. Habla de San Martín como “militar de raza”, recuerda el profesionalismo argentino en Malvinas y reivindica el sacrificio de quienes enfrentaron a la guerrilla en los 70. No es nostalgia. Es la construcción deliberada de una marca propia frente a un oficialismo que intenta apropiarse de la misma bandera.El contexto político refuerza esta lectura.
La interna con el entorno de Milei —Karina Milei, Santiago Caputo, Patricia Bullrich y ahora figuras como Diego Santilli— se ha vuelto pública y sin filtros. Villarruel ya no forma parte del gobierno en los hechos y lo admite. Mientras tanto, mantiene alrededor suyo una red de militares retirados, especialmente de inteligencia, y proyecta un espacio propio de cara a 2027. En los cuarteles y entre los retirados, según fuentes cercanas, el diagnóstico es claro: el voto castrense no es automáticamente de Milei. Fue, en gran medida, de Villarruel. Y ella está trabajando para que vuelva a serlo.No se trata solo de un cálculo electoral. Para Villarruel, el vínculo con el mundo militar es identitario. Fue el puente que la catapultó a la vicepresidencia y sigue siendo el núcleo duro de su capital político.
Mientras el gobierno intenta diluir esa herencia con gestos de militarización, ella responde con críticas concretas a la gestión de Defensa y con una presencia simbólica ininterrumpida. El voto militar que la llevó al poder no se regaló. Y, a juzgar por sus movimientos, Villarruel no está dispuesta a dejar que se lo arrebaten.