El contraste resulta desmedido. El próximo lunes, los propios efectivos encargados de garantizar el orden público alistan una movilización histórica para visibilizar una crisis que la cartera prefiere ignorar: haberes liquidados por debajo de la canasta básica, equipamiento deteriorado y una pérdida brutal del poder adquisitivo. Resulta contradictorio mostrar hacia el exterior una supuesta "alianza estratégica" con potencias globales cuando los hombres y mujeres que conforman la Gendarmería, la Prefectura, la Policía Federal y la Policía de Seguridad Aeroportuaria enfrentan serias dificultades para cubrir sus necesidades elementales diarias.
La retórica del "vender humo" encuentra aquí su máxima expresión. Los 7,5 millones de dólares anunciados con platillos y bombos se promocionan como un hito de gestión, pero no logran ocultar la falta de inversión estructural en el capital humano. La seguridad nacional no se consolida únicamente con fotos oficiales junto a agencias extranjeras ni con slogans para las plataformas digitales; se construye dignificando el trabajo diario de quienes arriesgan su vida en el territorio.
La política del anuncio ruidoso enfrenta un duro límite en la calle. Un Ministerio de Seguridad que prioriza la cosmética internacional por sobre la subsistencia de sus subordinados no hace más que postergar una bomba de tiempo. Si la doctrina es "Ley y Orden", la primera regla básica debería ser el respeto y la justa retribución para quienes tienen la responsabilidad de aplicarla.