Para neutralizar la superioridad convencional estadounidense, las fuerzas regionales han desplegado un ecosistema defensivo multicapa diseñado para elevar exponencialmente el costo operacional de cualquier incursión:
Enjambres de drones y lanchas rápidas: Ataques masivos y saturantes destinados a desbordar los sistemas de defensa Aegis de la Marina de EE.UU.
Campos de minas inteligentes: Dispersión rápida de minaje marítimo en puntos de estrangulamiento táctico como Ormuz, donde la canalización del tráfico comercial y militar es máxima.
Baterías de misiles antibuque (ASCM): Sistemas móviles emplazados en costas accidentadas e islas estratégicas, capaces de batir blancos a cientos de kilómetros.
Guerra electrónica y defensa aérea integrada: Sistemas de misiles tierra-aire de largo alcance combinados con interferencia GPS para cegar las capacidades de reconocimiento del CENTCOM.
Esta burbuja A2/AD invalida la doctrina tradicional basada en la presencia de Grupos de Combate de Portaaviones (CSG). Navegar dentro del alcance de estas amenazas expone activos multimillonarios a riesgos inaceptables, mientras que operar fuera de su radio de acción reduce la efectividad y el alcance de la aviación embarcada.
En este escenario de disuasión asimétrica, la libertad de navegación ya no depende de la fuerza bruta, sino de la capacidad para desmantelar redes de sensores y tiradores interconectados antes de cruzar la línea de fuego.