Proyectar la pérdida de soberanía sobre un predio otorgado en comodato bajo un tratado internacional ratificado por el Congreso como equivalente a un despojo colonial violento resulta insostenible desde el derecho internacional:
Invasión colonial vs. Acuerdo bilateral: Mientras que en Malvinas existe una potencia usurpadora que implantó una base militar, desplazó población e ignora sistemáticamente las resoluciones de la ONU (como la 2065), la estación de Bajada del Agrio responde a un convenio de investigación científica espacial en el que interviene la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) y donde rigen cláusulas explícitas de uso pacífico ratificadas y revisadas por distintas administraciones.
Cesión de soberanía vs. Jurisdicción delegada: La cesión de terrenos temporales para investigación científica multinacional jamás implica la renuncia a la titularidad dominial ni territorial del Estado argentino, a diferencia de la mutilación geográfica ejercida por el Reino Unido en el Atlántico Sur.
Atribuir estas declaraciones a un mero descuido conceptual sería pecar de ingenuidad. La maniobra responde a dos hipótesis políticas alarmantes:
Ignorancia a sabiendas: La utilización de un tema de altísima sensibilidad patriótica como Malvinas para amplificar un eslogan partidario interno. Reducir un reclamo bicentenario de integridad territorial a un paralelismo coyuntural vacía de contenido la causa nacional ante los foros internacionales.
Maldad encubierta (alineamiento automático): La reproducción mimética del libreto diplomático estadounidense —que tensiona la presencia de infraestructura científica china en la región— para validar una política exterior de subordinación. Al caratular la estación espacial como "base militar" sin aportar elementos jurídicos ni técnicos, se instala una sospecha funcional a intereses ajenos a la defensa nacional.
No es la primera vez que la dirigente utiliza el archipiélago austral como moneda de cambio o recurso retórico descalificador. La recurrencia a desestimar la envergadura del despojo británico —o a colocarlo en el mismo plano que acuerdos comerciales o tecnológicos— revela una visión donde la soberanía no es un principio irrenunciable, sino una herramienta maleable según la conveniencia del discurso de turno.
Desdibujar la frontera entre un conflicto de ocupación ilegítima y un acuerdo diplomático no constituye una simple opinión: es una degradación deliberada de los pilares sobre los que se cimenta la posición internacional del Estado argentino.