lunes 10 de agosto de 2026 - Edición Nº644

Editorial | 10 ago 2026

Argentina

La distorsión entre libertad negativa y positiva: el uso de la palabra “libertad” en el gobierno de Milei

13:04 |En su célebre conferencia de 1958 Two Concepts of Liberty (Dos conceptos de libertad), el filósofo Isaiah Berlin distinguió con claridad dos nociones que a menudo se confunden bajo una misma palabra. La libertad negativa responde a la pregunta: ¿cuál es el ámbito en el que un individuo o un grupo puede actuar sin interferencia de otros, especialmente del Estado? Se trata de la ausencia de coacción externa: no ser obstaculizado, no ser obligado, no ser regulado. Es “libertad de” o “libertad frente a”.


Por: Por la Redacción de Red Castrense

La libertad positiva, en cambio, responde a otra pregunta: ¿quién o qué controla mi vida? ¿Soy yo el dueño de mis decisiones y tengo la capacidad real de realizarlas? Implica autodominio, autonomía efectiva y las condiciones materiales, educativas e institucionales que permiten a una persona ejercer sus derechos de manera sustantiva. Es “libertad para”.

Berlin advirtió que ambas son valiosas, pero también peligrosas cuando se absolutizan. La libertad positiva, llevada al extremo, puede justificar que un poder externo (el Estado, el partido, la “voluntad general”) “fuerce a ser libre” a quienes no reconocen su verdadero interés. La negativa, si se convierte en un dogma absoluto, puede ignorar que la mera ausencia de interferencia no garantiza que las personas puedan realmente elegir o prosperar cuando carecen de recursos básicos, educación o salud.

El discurso radical y la absolutización de lo negativo

El discurso político radical —tanto de ciertas izquierdas históricas como de ciertas derechas libertarias contemporáneas— tiende a privilegiar una de las dos dimensiones hasta distorsionarla. En el caso de las corrientes que se reivindican como ultraliberales o anarcocapitalistas, la libertad se reduce casi exclusivamente a la negativa: cualquier regulación, impuesto o intervención estatal aparece como una violación intrínseca de la libertad. El Estado se presenta como el enemigo principal, y la solución consiste en achicarlo drásticamente.

Esta visión tiene raíces en pensadores como Hayek, Rothbard o la tradición austriaca que el presidente argentino Javier Milei cita con frecuencia. Milei ha definido reiteradamente el liberalismo como “el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de no agresión y en defensa del derecho a la vida, la libertad y la propiedad”. Su eslogan “¡Viva la libertad, carajo!” resume una concepción en la que la libertad se identifica con la eliminación de obstáculos estatales: desregulación, recorte del gasto público, reducción de ministerios y rechazo a lo que denomina “la casta” y el estatismo.

El uso de “libertad” en la práctica del gobierno Milei

Desde diciembre de 2023, el gobierno ha aplicado un programa de austeridad severa: recortes significativos en áreas de educación, ciencia, salud, programas sociales, pensiones no contributivas y apoyos a personas con discapacidad. Datos de diversas fuentes indican caídas reales importantes en el presupuesto educativo y científico, suspensión o retraso de prestaciones médicas costosas, auditorías y recortes en pensiones por discapacidad, y un rediseño de la protección social orientado a la contención fiscal.

Desde la perspectiva de la libertad positiva, estos recortes pueden interpretarse como un deterioro de las condiciones reales que permiten a amplios sectores de la población ejercer derechos de manera efectiva. Una persona que pierde acceso a tratamientos oncológicos, a una educación de calidad o a un mínimo de seguridad económica no es plenamente libre para desarrollar su proyecto de vida, aunque el Estado deje de “interferir” en el mercado.

La libertad formal de contratar, emprender o expresarse se vuelve abstracta cuando las condiciones materiales y de capacidades se erosionan. Críticos han señalado precisamente esta distorsión: se absolutiza la ausencia de regulación mientras se debilitan las bases institucionales y materiales de la autonomía ciudadana.

Al mismo tiempo, es necesario reconocer el argumento contrario. Berlin mismo tendía a preferir la libertad negativa y desconfiaba profundamente de las derivas autoritarias de la positiva. Los defensores del enfoque mileísta sostienen que el estatismo previo generó una hiperinflación devastadora, pobreza estructural y una economía asfixiada por regulaciones y prebendas, lo que destruía de facto la libertad de la mayoría.

Controlar el déficit, bajar la inflación y abrir la economía serían, según esta visión, la condición necesaria para que a mediano y largo plazo más personas puedan ejercer una libertad real. Algunos indicadores posteriores (caída de la inflación desde picos extremos, cierta recuperación de la pobreza medida oficialmente en períodos posteriores) se invocan como prueba de que la “libertad económica” genera las condiciones de prosperidad que luego habilitan otras libertades.

Una palabra vaciada o una batalla de sentidos

El problema no es que el gobierno de Milei hable de libertad. El problema surge cuando la palabra se convierte en un significante vacío o unívoco que solo admite una de las dos dimensiones berlinianas. Cuando “libertad” significa exclusivamente desregulación y recorte del Estado, y cualquier defensa de condiciones materiales o institucionales se tacha de “estatismo” o “socialismo”, se empobrece el debate público. La misma lógica opera en el sentido inverso: cuando la libertad positiva se convierte en justificación de un Estado que decide qué es el “verdadero” interés de los ciudadanos, se abre la puerta a formas de tutelage autoritario.Berlin insistía en el pluralismo de valores: la libertad, la igualdad, la justicia y la seguridad no siempre coinciden y requieren equilibrios conflictivos.

Absolutizar una sola dimensión de la libertad —ya sea la negativa del mercado sin frenos o la positiva del Estado providente— termina por distorsionar el concepto mismo. En el caso argentino contemporáneo, el uso intensivo y casi ritual de la palabra “libertad” por parte del gobierno invita a interrogarse no solo sobre qué se está liberando, sino también sobre qué capacidades reales se están creando o destruyendo para que esa libertad sea algo más que una proclamación formal.La libertad no se agota en la ausencia de interferencia estatal, ni se realiza plenamente solo mediante la provisión estatal de bienes. Su ejercicio genuino requiere ambas: un ámbito protegido de coacción y las condiciones que permitan a las personas ser, de hecho, autores de sus propias vidas. Ignorar una de las dos dimensiones no es defender la libertad: es empobrecerla.

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