Por: Por la Redacción de Red Castrense
Hay que sacarse el sombrero ante la audacia del Ministerio de Defensa de Chile. Requiere una dosis superlativa de abstracción geopolítica salir a pontificar sobre el derecho a la autodeterminación de los kelpers, regalando lecciones de derecho internacional con una soltura que ni en la Cancillería británica se atrevieron a ensayar. Qué conmovedor espectáculo de altruismo continental: respaldar caprichos coloniales en el Atlántico Sur mientras se acomodan la solapa del saco creyéndose los garantes del orden occidental en el hemisferio.

Sin embargo, antes de seguir repartiendo soberanías ajenas y jugando al ajedrez estratégico con ficha prestada, convendría que en Santiago hagan una pausa protocolar y cumplan con un deber geológico fundamental: ir hasta el hito fronterizo más cercano, arrodillarse y darle infinitas gracias a la tectónica de placas. Porque si no fuera por la providencial existencia de la Cordillera de los Andes —esa gigantesca muralla de piedra que actúa como reja de contención natural—, el mapa del Cono Sur se contaría de otra forma. De no ser por ese milagroso accidente geográfico, hoy la marea de veraneantes argentinos estaría con las reposeras, el mate y el parlante a todo volumen instalada en las playas del Pacífico, bañándose plácidamente en las heladas aguas de Viña del Mar o Reñaca.
Durante décadas nos hemos arrullado mutuamente con el mito de la "hermandad latinoamericana", esa cómoda ficción que sirve para sacarse fotos sonrientes en las cumbres internacionales mientras por debajo de la mesa se firman guiños a potencias extrarregionales. Pero la realidad es bastante más astronómica que diplomática: nada más lejos de la realidad. Depende sencillamente de la hora del día y de la inclinación con la que dé el sol para descubrir que Chile no es ningún hermano abnegado ni el faro institucional del sur, sino apenas la sombra delgada, estrecha y alargada que proyecta la Argentina hacia el oeste.
Empieza a generar cierta fatiga tanta bravuconada de cabotaje. Hay una fijación casi quijotesca en actuar como el alumno mimado de la Anglosfera en la región, una suerte de enclave victoriano extraviado por error en el Cono Sur. Por eso, con la franqueza que la convivencia territorial exige, no viene mal un baño de realidad elemental: señores, crezcan, maduren y recuerden un detalle demográfico e institucional insoslayable. Por más esfuerzo de postura, simpatías atlánticas o alineamiento automático que le pongan a sus discursos, no son rubios, no nacieron en Mánchester y tampoco hablan inglés.
Dejen de actuar como voceros de ultramar y empiecen a mirar el mapa con un poco más de humildad territorial. Sigan disfrutando del refugio que les regalan los picos andinos, miren al Pacífico con serenidad y recuerden que la montaña es muy alta, pero la sombra que les proyecta el vecino es bastante más larga de lo que su orgullo diplomático está dispuesto a admitir.