lunes 05 de octubre de 2026 - Edición Nº700

OSINT | 5 oct 2026

DEFENSA, INFORMACIÓN Y CONFLICTOS DEL SIGLO X

GUERRA COGNITIVA: CUANDO EL CAMPO DE BATALLA ES LA MENTE

13:33 |Las guerras contemporáneas ya no se libran únicamente con tanques, aviones, buques o misiles. La disputa también se desarrolla sobre las percepciones, las emociones y la capacidad de una sociedad para interpretar los acontecimientos. La guerra cognitiva plantea un nuevo desafío para los Estados y, particularmente, para la Defensa Nacional.


Durante décadas, hablar de guerra significaba pensar en ejércitos enfrentados, territorios disputados y operaciones militares. El desarrollo tecnológico modificó progresivamente ese escenario. Primero fue la guerra electrónica, luego adquirieron una importancia creciente las operaciones de información y la ciberguerra. Hoy aparece con fuerza otro concepto: la guerra cognitiva.

Su campo de acción no es necesariamente un territorio físico.

Es la mente humana.

La guerra cognitiva busca influir sobre la manera en que las personas perciben los acontecimientos, procesan la información, construyen opiniones y finalmente toman decisiones. El objetivo puede ser una sociedad completa, determinados grupos sociales, integrantes de las Fuerzas Armadas, dirigentes políticos o incluso las instituciones de un Estado.

Y para desarrollar este tipo de operaciones no siempre es necesario inventar una mentira.

En determinados casos puede ser suficiente seleccionar determinados hechos, omitir otros, sacar información de contexto, repetir determinados mensajes o generar una exposición constante a contenidos destinados a provocar miedo, enojo, desconfianza o incertidumbre.

EL PODER DE LA INFORMACIÓN

Las redes sociales transformaron radicalmente la velocidad con la que circula la información.

Una noticia puede recorrer miles de kilómetros en cuestión de segundos. Un video puede alcanzar millones de personas antes de que exista una posibilidad real de verificar su contenido. Una fotografía antigua puede ser presentada como actual. Una declaración puede ser recortada y difundida fuera de contexto.

La velocidad se convierte así en un elemento estratégico.

Pero existe otro factor todavía más importante: los algoritmos tienden a mostrar contenidos capaces de generar interacción. Y los contenidos que provocan indignación, miedo o enfrentamiento suelen generar una reacción mayor que aquellos que simplemente informan.

La consecuencia es un escenario donde la atención humana también se transforma en un recurso estratégico.

NO TODO ES DESINFORMACIÓN

Uno de los errores más frecuentes al analizar la guerra cognitiva consiste en reducirla exclusivamente a las noticias falsas.

El fenómeno es mucho más amplio.

Una operación destinada a influir cognitivamente puede utilizar información verdadera, pero presentada de una determinada manera. También puede combinar datos reales con información incompleta, utilizar imágenes fuera de contexto o instalar una determinada interpretación mediante la repetición constante de un mismo mensaje.

La cuestión central no es solamente qué información circula, sino también:

¿quién la difunde?

¿con qué objetivo?

¿a quién está dirigida?

¿cómo se amplifica?

¿qué reacción pretende provocar?

Estas preguntas resultan fundamentales para analizar cualquier posible operación de influencia.

EL FACTOR EMOCIONAL

La guerra cognitiva también explota una característica profundamente humana: las personas no procesan toda la información de manera completamente racional.

El miedo, la indignación, el orgullo, la frustración y el sentimiento de pertenencia pueden influir sobre la interpretación de los acontecimientos.

Por eso, una campaña de influencia puede intentar instalar emociones antes que argumentos.

Un mensaje repetido miles de veces puede terminar adquiriendo apariencia de verdad simplemente por su familiaridad.

Y una sociedad sometida permanentemente a mensajes contradictorios puede terminar enfrentando otro problema: la pérdida de confianza.

Cuando nadie sabe qué información es verdadera, el problema deja de ser solamente la mentira.

El problema pasa a ser que la sociedad deja de confiar incluso en la información verdadera.

DEFENSA NACIONAL Y GUERRA COGNITIVA

Para las Fuerzas Armadas, este escenario representa un desafío adicional.

Una institución militar necesita capacidades materiales: personal, entrenamiento, armamento, infraestructura, logística, inteligencia y tecnología.

Pero también necesita algo menos visible:

cohesión.

La moral de sus integrantes, la confianza en las instituciones, la legitimidad de las decisiones y la percepción que la sociedad tiene de sus Fuerzas Armadas forman parte del entorno estratégico.

Una campaña de influencia podría intentar afectar precisamente esos elementos.

Por ejemplo, buscando instalar la idea de que una fuerza militar es incapaz, que sus integrantes carecen de preparación, que sus instituciones son innecesarias o que sus capacidades son completamente diferentes de las que realmente poseen.

Por supuesto, una crítica periodística o una opinión legítima no constituye automáticamente una operación cognitiva.

La diferencia está en el análisis del contexto, la coordinación, la intencionalidad y los mecanismos utilizados.

MALVINAS Y SOBERANÍA: UN CAMPO PARTICULARMENTE SENSIBLE

En el caso argentino, la cuestión adquiere una dimensión especial cuando se habla de Malvinas, Atlántico Sur y soberanía.

La disputa por las islas no se desarrolla únicamente en el terreno diplomático o militar.

También existe una dimensión comunicacional.

Las narrativas sobre la historia, la soberanía, los recursos naturales, la presencia militar, los habitantes de las islas y los intereses económicos del Atlántico Sur forman parte de una disputa permanente por la interpretación de la realidad.

Esto no significa que cada noticia proveniente del Reino Unido, de Argentina o de cualquier otro país deba ser considerada una operación de guerra cognitiva.

Significa que, en un escenario estratégico, las narrativas también tienen valor.

Quien consigue instalar una determinada interpretación de un conflicto puede obtener una ventaja política, diplomática o estratégica.

EL NUEVO CAMPO DE BATALLA

La guerra cognitiva plantea una transformación profunda de la idea tradicional de seguridad.

Antes era posible imaginar una frontera relativamente clara entre el espacio civil y el espacio militar.

Hoy esa frontera es mucho más difusa.

Un teléfono celular puede convertirse simultáneamente en herramienta de comunicación, fuente de información, plataforma de propaganda y mecanismo de amplificación.

Una persona común puede convertirse, sin saberlo, en el último eslabón de una cadena de difusión.

Comparte una publicación.

Reproduce un video.

Comenta una noticia.

Replica una fotografía.

Y de esa manera contribuye a amplificar un mensaje que puede haber sido diseñado estratégicamente.

LA MEJOR DEFENSA: UNA SOCIEDAD INFORMADA

Frente a este fenómeno, la respuesta no debería ser censurar toda información incómoda ni considerar sospechoso a quien expresa una opinión diferente.

La defensa frente a la manipulación cognitiva requiere precisamente lo contrario:

más pensamiento crítico, más alfabetización digital, más periodismo profesional y mayor capacidad para verificar información.

Una sociedad democrática necesita ciudadanos capaces de hacerse preguntas.

¿De dónde salió esta información?

¿Quién la publicó?

¿Existe la fuente original?

¿La imagen corresponde realmente al acontecimiento que describe?

¿Está completa la declaración?

¿Otros medios independientes informaron lo mismo?

¿Se está presentando un hecho o una interpretación?

Estas preguntas pueden parecer simples, pero constituyen una de las primeras barreras frente a cualquier intento de manipulación.

LA GUERRA QUE NO SIEMPRE SE VE

La guerra cognitiva representa, en definitiva, una nueva dimensión de los conflictos contemporáneos.

No siempre tiene uniformes.

No siempre tiene fronteras.

No siempre tiene un comienzo claramente identificable.

Y muchas veces tampoco resulta evidente quién está detrás de una determinada campaña.

Su principal característica es que intenta actuar sobre algo mucho más complejo que una infraestructura militar:

la percepción humana.

En un mundo donde la información circula a una velocidad inédita, la capacidad de distinguir entre hechos, propaganda, opinión, manipulación y desinformación se convierte también en una cuestión de seguridad nacional.

Porque en las guerras del siglo XXI no solamente importa quién controla el territorio.

También importa quién consigue controlar el relato sobre lo que está ocurriendo.

Y cuando la batalla llega a ese punto, el campo de combate puede estar literalmente frente a nuestros ojos, en la pantalla de un teléfono.

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