En el escenario político latinoamericano contemporáneo, llama la atención cómo ciertos actores intentan reactivar viejas retóricas chauvinistas e hipernacionalistas para ganar visibilidad o cosechar dividendos electorales. Un claro ejemplo de esto es la postura del diputado chileno Daniel Valenzuela, quien en reiteradas ocasiones ha recurrido al conflicto verbal, la provocación y la amenaza velada hacia la Argentina.
Resulta alarmante que, en pleno siglo XXI, representantes parlamentarios elijan la confrontación sobre la diplomacia. Sin embargo, frente a las palabras grandilocuentes y los discursos inflamados, es necesario invitar al diputado a un ejercicio elemental de realismo y memoria.

Resulta sencillo beligerar desde la comodidad de una banca legislativa, al abrigo de los micrófonos y los titulares de prensa. Es fácil agitar banderas de hostilidad cuando el costo personal de la escalada es nulo. Por eso, ante la insistencia en agitar odios entre pueblos hermanos, vale la pena hacerle una pregunta concreta al diputado Valenzuela: si algún día las circunstancias empujaran a la región al abismo de las trincheras, ¿tan profunda sería la suya?
La historia enseña que quienes más promueven el conflicto suelen ser los primeros en resguardarse cuando las consecuencias de sus discursos se materializan. La beligerancia parlamentaria es, en la mayoría de los casos, un espectáculo para la tribuna; pero la guerra y la división son tragedias reales que pagan los pueblos, no los políticos que las provocan.
Más allá de la retórica confrontativa, la geografía y la historia compartida entre Argentina y Chile imponen una realidad indudable de integración humana y económica:
Educación y Salud: Miles de jóvenes chilenos cruzan habitualmente la cordillera para formarse en las universidades públicas argentinas o recibir atención médica en sus hospitales.
Trabajo y Residencia: Decenas de miles de ciudadanos chilenos han encontrado en suelo argentino un hogar, un empleo y las oportunidades para desarrollarse y aportar a la sociedad.
Cultura e Historia: La frontera más larga de Sudamérica no solo separa territorios, sino que une comunidades, familias y economías regionales a lo largo de miles de kilómetros.
Ignorar esta dinámica de convivencia cotidiana para priorizar un discurso de provocación constante no solo es irresponsable, sino que demuestra una desconexión preocupante con las necesidades reales de la población.
América Latina no necesita caudillos ni legisladores que busquen construir su carrera sobre la base de la discordia vecinal. La verdadera fortaleza de una nación y de sus representantes no se demuestra amenazando al vecino, sino construyendo puentes, fomentando la cooperación transfronteriza y resolviendo los desafíos comunes mediante el diálogo.
El diputado Daniel Valenzuela haría bien en recordar que los discursos bélicos pasan, pero la hermandados pueblos permanece. Antes de seguir cavando trincheras verbales, debería reflexionar sobre si esa es la contribución que desea dejar a la historia regional.