En el otoño de 1982, mientras las Fuerzas Armadas de la Argentina se enfrentaban a la Fuerza de Tareas británica en el Atlántico Sur, un pacto silencioso se gestaba en el Palacio del Planalto, en Brasilia. A pesar de la neutralidad oficial declarada por el gobierno del presidente João Figueiredo, el Palacio de San Martín logró entablar negociaciones de emergencia para paliar uno de los puntos más vulnerables del esquema defensivo argentino: la exploración marítima y el rastreo de la flota inglesa.
La respuesta brasileña no solo redefinió la diplomacia militar de la región, sino que selló el bautismo de fuego histórico para Embraer, la hoy gigante de la aviación continental.

Para mayo de 1982, la Aviación Naval Argentina (COAN) atravesaba un escenario crítico. Sus legendarios aparatos de exploración lejana, los Lockheed SP-2H Neptune, habían quedado fuera de servicio por fatiga de material y fallas mecánicas insalvables. Sin ellos, la Marina de Guerra perdía la capacidad de detectar los movimientos de las fuerzas navales enemigas y de dar coordenadas precisas a los cazabombarderos.
Con las potencias occidentales bloqueando cualquier suministro armamentístico hacia Buenos Aires, Argentina recurrió a su vecino del norte. En una operación rápida bajo la modalidad de arrendamiento militar (leasing), la Fuerza Aérea Brasileña (FAB) cedió dos unidades de su patrullero marítimo bimotor EMB-111 "Bandeirulha" (denominados P-95 por la FAB).
Para preservar la postura neutral de Brasil ante la diplomacia internacional y evitar represalias de Londres, las aeronaves fueron enviadas a la Base Naval Puerto Belgrano.
El cambio de identidad fue total:
Borrado de insignias: Se taparon las marcas, escarapelas y matrículas originales de la FAB.
Matriculación argentina: Se pintaron sobre el fuselaje los distintivos de la Aviación Naval Argentina, asignándoles las matrículas 2-P-201 y 2-P-202.
Tripulación 100% argentina: Tras una capacitación intensiva de conversión dictada en Brasil por instructores e ingenieros de Embraer y de la FAB, los vuelos operativos dentro del teatro de operaciones fueron realizados exclusivamente por pilotos y operadores de radar argentinos.
Identificación original (FAB) Identificación operativa (1982)
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│ • Escarapela Brasileña │ ───► │ • Escarapela Argentina │
│ • Denominación: P-95 FAB │ │ • Matrículas: 2-P-201 / 202 │
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Desplegados desde bases continentales estratégicas como Comodoro Rivadavia, Río Gallegos y Bahía Blanca, los dos Bandeirulha entraron de lleno en el conflicto. Equipados con radares de búsqueda marítima AN/APS-128, asumieron la tarea de barrer las costas patagónicas, vigilar los accesos marítimos y buscar contactos navales hostiles.
Durante el auge de los combates, las dos aeronaves sumaron más de 200 horas de vuelo operativo. Aunque su alcance era menor que el de los antiguos Neptune, su altísima disponibilidad técnica permitió mantener bajo constante vigilancia las líneas marítimas argentinas y prevenir posibles desembarcos o incursionamientos de la Marina Real británica en el continente.
Más allá del valor táctico para la Armada Argentina, la misión de los EMB-111 en el Atlántico Sur representó un hito trascendental para la industria aeronáutica de la región: fue la primera vez en la historia que una aeronave diseñada y fabricada por la firma brasileña Embraer operó en un conflicto armado real.
El desempeño sin fallas de las máquinas en las severas condiciones climáticas del invierno patagónico sirvió como una contundente carta de presentación internacional para la tecnología militar brasileña.
Con el cese de las hostilidades en junio de 1982, las aeronaves continuaron prestando servicio en el país de forma temporal hasta que, a mediados de 1983, fueron devueltas a Brasil, donde volvieron a vestir los colores de la Fuerza Aérea Brasileña. Como secuela de la cooperación iniciada en plena contienda, Argentina cerraría meses más tarde la compra de un lote de cazas ligeros AT-26 Xavante —también fabricados por Embraer— para reconstituir las escadrillas navales mermadas por la guerra.