viernes 30 de octubre de 2026 - Edición Nº725

Nacionales | 30 oct 2026

GEOPOLÍTICA, SOBERANÍA Y AUTONOMÍA ESTRATÉGIC

César Milani y la tercera posición: soberanía nacional frente a la disputa entre Estados Unidos y China

15:09 |El exjefe del Ejército César Milani plantea una discusión central para el futuro argentino: cómo defender los intereses nacionales en un escenario internacional dominado por la rivalidad entre Washington y Pekín. Su reflexión pone en cuestión la subordinación automática a cualquiera de las dos potencias y recupera un concepto fundamental para el pensamiento estratégico: la autonomía nacional como condición indispensable para decidir el propio destino.


Las declaraciones de César Milani en la red social X introducen una discusión que excede la coyuntura política y obliga a reflexionar sobre uno de los principales desafíos de la Argentina contemporánea: cómo construir una política exterior que responda a los intereses nacionales en un mundo atravesado por la competencia entre las grandes potencias.

El planteo de Milani tiene un punto de partida significativo: reconocer que Estados Unidos, bajo la conducción de Donald Trump, impulsa una política de nacionalismo económico destinada a proteger sus intereses productivos, comerciales y estratégicos. Sin embargo, el exjefe del Ejército señala una contradicción fundamental: aquello que Washington considera legítimo para sí mismo no necesariamente es aceptado cuando otros países pretenden ejercer una política equivalente de independencia.

Esta observación constituye el núcleo de su argumento. Una potencia puede defender su industria, proteger sus sectores estratégicos, establecer restricciones comerciales y utilizar su capacidad económica para fortalecer su posición internacional. Pero cuando otros Estados intentan desarrollar políticas semejantes, las relaciones pueden transformarse en un escenario de presiones, condicionamientos y disputas por la orientación de sus gobiernos.

El nacionalismo económico: una herramienta que las potencias reservan para sus propios intereses

Milani reconoce en la política de Trump un componente de nacionalismo económico que merece ser analizado sin prejuicios. La defensa de la producción nacional, la protección de determinados sectores industriales y la utilización de instrumentos económicos para fortalecer el poder del Estado forman parte de las estrategias que numerosas potencias emplean para preservar su posición en el sistema internacional.

El problema aparece cuando ese principio se aplica de manera selectiva.

Estados Unidos puede reivindicar su derecho a defender sus empresas, sus trabajadores y sus capacidades industriales, pero esa misma lógica debería permitir que los países latinoamericanos procuren proteger sus recursos naturales, desarrollar su industria, fortalecer sus capacidades tecnológicas y preservar sus decisiones soberanas.

La pregunta que surge es inevitable: ¿por qué una política económica puede ser considerada legítima cuando responde a los intereses estadounidenses, pero cuestionable cuando busca fortalecer la autonomía de otros países?

La reflexión de Milani permite poner sobre la mesa esta contradicción sin necesidad de idealizar a ninguna potencia. La soberanía no puede depender de la conveniencia de Washington, Pekín o cualquier otro centro de poder. Debe constituir un principio rector de la política nacional.

Para la Argentina, esta discusión adquiere una importancia particular. La protección de sus recursos energéticos, minerales, marítimos e industriales, así como el desarrollo de sus capacidades científicas y tecnológicas, debería formar parte de una estrategia integral orientada a incrementar su capacidad de decisión.

No se trata de rechazar el comercio internacional ni la inversión extranjera. Se trata de establecer en qué condiciones esas relaciones contribuyen al desarrollo nacional y cuándo pueden generar dependencias que limiten la libertad de acción del Estado.

América para los americanos: una consigna bajo discusión

Milani también cuestiona la interpretación de la consigna «América para los americanos» cuando se la utiliza para justificar una posición de predominio estadounidense sobre el continente.

La expresión tiene una larga historia. La Doctrina Monroe, formulada en 1823, surgió en un contexto de oposición a nuevas intervenciones coloniales europeas en América. Sin embargo, a lo largo del tiempo, sus distintas interpretaciones también fueron asociadas con pretensiones de influencia y predominio de Estados Unidos sobre los países latinoamericanos.

El planteo de Milani apunta precisamente a esa contradicción: una concepción que podría interpretarse como defensa de la autonomía continental frente a potencias extracontinentales pierde consistencia si no reconoce la misma capacidad de decisión a los Estados latinoamericanos.

La independencia de un continente no puede construirse sobre la subordinación permanente de una parte de sus países a la voluntad de otro.

Desde esta perspectiva, la soberanía continental no debería confundirse con la hegemonía de una potencia. La Argentina, Brasil, Chile, Uruguay y el resto de las naciones latinoamericanas tienen intereses propios, realidades económicas diferentes y prioridades estratégicas que no siempre coinciden con las de Washington.

Una política regional verdaderamente autónoma exigiría, por lo tanto, reconocer esa diversidad y construir mecanismos de cooperación que permitan a los países de América Latina defender sus intereses sin quedar reducidos a instrumentos de una disputa ajena.

La crítica a la subordinación: cuando la política exterior pierde su razón de ser

Uno de los aspectos más relevantes de las declaraciones de Milani es su cuestionamiento al apoyo que, según su interpretación, Washington brinda a determinados gobiernos liberales de la región mientras confronta con administraciones que reivindican posiciones nacionalistas.

Este señalamiento debe entenderse dentro de una discusión más amplia sobre la relación entre política exterior, modelo económico y soberanía.

Las grandes potencias no actúan exclusivamente a partir de afinidades ideológicas. También procuran garantizar mercados, inversiones, acceso a recursos naturales, posiciones estratégicas y condiciones favorables para sus intereses económicos y de seguridad.

Por eso, evaluar una relación bilateral únicamente por la afinidad política entre dos gobiernos puede resultar insuficiente. Una administración puede mantener una relación estrecha con Washington y, aun así, enfrentar dificultades para desarrollar sus capacidades industriales o mejorar su posición negociadora internacional.

Del mismo modo, la cooperación con Estados Unidos no implica necesariamente una pérdida de soberanía, del mismo modo que una relación conflictiva con ese país no garantiza por sí sola una política nacional independiente.

El criterio decisivo debería ser otro: ¿las decisiones adoptadas fortalecen o debilitan la capacidad argentina de defender sus intereses estratégicos?

Esa pregunta permite superar las simplificaciones partidarias y evaluar cada acuerdo, inversión o decisión diplomática según sus consecuencias concretas para el país.

En el terreno de la defensa, este principio resulta especialmente importante. La adquisición de equipamiento militar, el acceso a tecnología, el mantenimiento de los sistemas de armas, la formación del personal y la disponibilidad de repuestos pueden generar dependencias de largo plazo.

Una compra militar no debería analizarse únicamente por su precio o por las características técnicas del sistema adquirido. También es necesario considerar quién controla su mantenimiento, qué restricciones existen para su empleo, qué autonomía logística conserva el país y cuáles son las alternativas disponibles ante una eventual crisis internacional.

La soberanía política requiere, en consecuencia, capacidades materiales que permitan sostener las decisiones adoptadas.

China y Estados Unidos: dos potencias, dos proyectos de poder

Milani introduce otro elemento importante al advertir que cuestionar a Trump por oposición no significa que el modelo chino resulte conveniente para el desarrollo argentino.

Esta afirmación evita una falsa disyuntiva: considerar que toda crítica a Estados Unidos supone una adhesión automática a China, o que cualquier objeción a Pekín obliga a respaldar la estrategia de Washington.

Ambas potencias poseen intereses propios y utilizan instrumentos económicos, tecnológicos, diplomáticos y militares para ampliar su influencia internacional. Sin embargo, sus estructuras económicas, sus sistemas políticos y sus formas de proyectar poder presentan diferencias sustanciales.

Estados Unidos mantiene una posición central en las finanzas internacionales, la tecnología, los mercados y las alianzas militares. China, por su parte, consolidó una enorme capacidad manufacturera, amplió su presencia comercial y financiera y desarrolló una política exterior orientada a incrementar su influencia global.

Para la Argentina, ninguna de estas realidades debería traducirse en una adhesión automática.

China constituye un socio comercial relevante y puede ofrecer oportunidades de inversión, infraestructura y cooperación tecnológica. Al mismo tiempo, esas relaciones deben evaluarse atendiendo a sus condiciones contractuales, sus efectos sobre la estructura productiva nacional y los riesgos de dependencia que puedan generar.

Estados Unidos también puede ofrecer oportunidades de cooperación comercial, científica, tecnológica y militar. Pero esas oportunidades deben analizarse con el mismo criterio: sus beneficios concretos para la Argentina, sus costos y sus posibles condicionamientos.

El desafío consiste en distinguir entre cooperación e identificación política, entre asociación económica y dependencia estratégica.

Una política exterior soberana no necesita enemigos permanentes ni aliados incondicionales. Necesita objetivos nacionales definidos y capacidad para negociar con todos los actores relevantes.

La tercera posición: una aspiración que exige poder nacional

La referencia de Milani a una tercera posición constituye el aspecto más significativo de su reflexión.

La idea de no quedar subordinado a ninguno de los dos grandes polos de poder puede resultar atractiva, pero su aplicación exige condiciones materiales que no se consiguen únicamente mediante declaraciones diplomáticas.

La autonomía estratégica requiere una economía capaz de generar recursos, una estructura industrial con capacidades propias, desarrollo científico y tecnológico, infraestructura adecuada, seguridad energética y una política de defensa coherente con los intereses nacionales.

También necesita instituciones sólidas, continuidad en las decisiones estratégicas y una diplomacia profesional capaz de negociar sin confundir la cooperación con la subordinación.

En materia militar, esa autonomía supone contar con fuerzas armadas adecuadamente equipadas, personal capacitado, capacidad logística, sistemas de mantenimiento, infraestructura y una base industrial que reduzca las vulnerabilidades externas.

No significa producir absolutamente todo dentro del país ni renunciar a la cooperación internacional. Significa identificar cuáles son las capacidades indispensables para que una decisión soberana pueda sostenerse incluso cuando cambien las circunstancias externas.

Una Argentina dependiente de proveedores externos para capacidades esenciales, vulnerable a las restricciones financieras y con escaso margen de negociación tendrá dificultades para sostener una política exterior independiente, independientemente de qué gobierno ocupe la Casa Rosada.

Por eso, la tercera posición no debería entenderse como una equidistancia matemática entre Washington y Pekín. No consiste en mantener idéntica distancia de ambas potencias ni en rechazar automáticamente sus propuestas.

Consiste en conservar la libertad de decidir en función de los intereses argentinos.

En determinadas circunstancias, esa estrategia podría requerir una cooperación más estrecha con Estados Unidos; en otras, acuerdos con China o con países europeos, latinoamericanos y asiáticos. La condición es que cada decisión responda a una evaluación nacional y no a la obligación de acompañar las prioridades de un tercero.

El Atlántico Sur y Malvinas: la prueba concreta de la autonomía

Para la Argentina, la discusión sobre soberanía y autonomía estratégica tiene una dimensión territorial ineludible: el Atlántico Sur.

La cuestión Malvinas, la presencia británica en las islas, los recursos pesqueros, los hidrocarburos, la plataforma continental y las comunicaciones marítimas muestran que los intereses nacionales no se defienden únicamente mediante declaraciones diplomáticas.

También requieren capacidades de vigilancia, conocimiento del dominio marítimo, investigación científica, infraestructura portuaria, desarrollo tecnológico y una política de defensa consistente con los objetivos establecidos por el Estado.

En este escenario, la autonomía estratégica debe traducirse en instrumentos concretos. La Argentina necesita conocer lo que sucede en sus espacios marítimos, proteger sus recursos dentro del marco jurídico aplicable y desarrollar capacidades que le permitan sostener sus posiciones ante otros Estados.

Una política exterior que proclame la soberanía, pero carezca de medios para respaldarla, corre el riesgo de quedar limitada a la expresión de una aspiración.

La recuperación y el ejercicio efectivo de los derechos soberanos argentinos requieren una estrategia de largo plazo, articulada entre diplomacia, defensa, economía, ciencia y política exterior.

Esta dimensión refuerza la pertinencia del argumento de Milani: el poder nacional no es un concepto abstracto, sino la capacidad efectiva de convertir los objetivos políticos en resultados sostenibles.

Una reflexión que interpela a la política argentina

Las declaraciones de César Milani merecen ser examinadas por la cuestión de fondo que plantean: qué modelo de inserción internacional necesita la Argentina para preservar su soberanía en un mundo cada vez más competitivo.

Su argumento cuestiona la idea de que el alineamiento automático con una potencia constituye, por sí mismo, una estrategia de desarrollo. También advierte sobre el riesgo de reemplazar una dependencia por otra y de confundir la oposición ideológica a un gobierno extranjero con la defensa de los intereses nacionales.

El valor de esta reflexión reside en recuperar una pregunta que debería atravesar toda discusión sobre política exterior: ¿qué obtiene la Argentina de cada decisión y qué capacidades conserva para decidir por sí misma en el futuro?

Esta pregunta no exige rechazar a Estados Unidos ni idealizar a China. Exige evaluar los acuerdos por sus resultados, reconocer las asimetrías de poder y construir una estrategia que permita ampliar progresivamente el margen de decisión nacional.

La Argentina posee recursos naturales estratégicos, una extensa proyección marítima, capacidades científicas, una tradición diplomática relevante y una posición geográfica de importancia para el Atlántico Sur. Sin embargo, transformar esos activos en poder efectivo requiere planificación, inversión, coordinación institucional y continuidad estratégica.

No alcanza con proclamar la independencia. Hay que construir las condiciones económicas, tecnológicas, diplomáticas y militares que permitan ejercerla.

Conclusión: la soberanía no se delega

El planteo de Milani ofrece un punto de partida para una discusión necesaria. En un escenario internacional en el que las grandes potencias procuran ampliar sus áreas de influencia, los países de capacidad intermedia deben evitar que sus decisiones estratégicas queden subordinadas a prioridades ajenas.

La Argentina no necesita elegir de antemano entre Washington y Pekín. Necesita definir qué país pretende construir, cuáles son sus intereses permanentes y qué instrumentos está dispuesta a desarrollar para defenderlos.

La cooperación internacional puede ser una herramienta de crecimiento. La inversión extranjera puede contribuir al desarrollo. Las alianzas pueden proporcionar oportunidades de seguridad y tecnología. Pero ninguna de esas relaciones debería reemplazar la obligación del Estado de evaluar sus consecuencias para el interés nacional.

La verdadera autonomía no consiste en aislarse del mundo, sino en relacionarse con él sin renunciar a la capacidad de decidir.

En ese sentido, la reflexión de César Milani recupera una cuestión fundamental para el debate argentino: sin poder nacional no hay autonomía estratégica, y sin autonomía estratégica la soberanía corre el riesgo de convertirse en una declaración formal sin capacidad efectiva de realización.

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