lunes 02 de noviembre de 2026 - Edición Nº728

OSINT | 2 nov 2026

DEFENSA NACIONAL | INDUSTRIA MILITAR | AUTONO

DEL CÓNDOR II A LA INCERTIDUMBRE: LA ARGENTINA QUE SOÑÓ CON DESARROLLAR SUS PROPIOS MISILES Y NUNCA CONSOLIDÓ ESA CAPACIDAD

13:20 |Desde los proyectos de cohetería de mediados del siglo XX hasta el ambicioso programa Cóndor II, Argentina llegó a construir conocimientos e infraestructura para ingresar en el reducido grupo de países capaces de desarrollar tecnología misilística. La cancelación del programa durante los años noventa, la discontinuidad de las inversiones y la falta de una política sostenida de investigación dejaron una pregunta pendiente: ¿qué capacidades conserva realmente el país y cuánto depende hoy del exterior para desarrollar sus propios sistemas de armas?


Una capacidad estratégica que quedó a mitad de camino

Argentina tuvo, durante varias décadas, una aspiración que excedía la fabricación de armamento convencional: desarrollar tecnología misilística propia. No se trataba únicamente de construir un proyectil, sino de alcanzar una capacidad industrial, científica y militar que permitiera al país diseñar, experimentar y eventualmente producir sistemas de armas sin depender completamente de proveedores extranjeros.

Aquella aspiración tuvo diferentes etapas, protagonistas y proyectos. Sin embargo, ninguno alcanzó la continuidad necesaria para consolidar una industria misilística nacional.

El caso más emblemático fue el programa Cóndor II, un desarrollo que durante los años ochenta colocó a la Argentina en el centro de las preocupaciones internacionales sobre proliferación de tecnología misilística. Su posterior cancelación no solamente significó el abandono de un proyecto militar: también abrió un interrogante sobre el destino de los conocimientos, los especialistas y la infraestructura construida durante años.

La historia merece ser revisada porque permite comprender una de las principales debilidades estructurales de la Defensa argentina: la dificultad para transformar proyectos tecnológicos en capacidades permanentes del Estado.

Los antecedentes de una industria que buscaba despegar

La investigación argentina en materia de cohetería comenzó mucho antes del Cóndor II. Durante las décadas de 1950, 1960 y 1970 se desarrollaron distintos vehículos experimentales, cohetes de investigación atmosférica y tecnologías de propulsión.

Aquellas experiencias permitieron formar especialistas, adquirir conocimientos en materiales, desarrollar sistemas de telemetría y establecer instalaciones destinadas a la investigación aeroespacial.

La participación de organismos militares y científicos fue determinante. La Fuerza Aérea Argentina tuvo un papel relevante en los primeros desarrollos, mientras que los centros de investigación fueron acumulando conocimientos que posteriormente tendrían aplicaciones tanto civiles como militares.

No era una actividad menor. En un escenario internacional donde las principales potencias concentraban el conocimiento misilístico, Argentina buscaba construir una base tecnológica propia.

La experiencia acumulada permitió que, años más tarde, el país estuviera en condiciones de intentar un salto cualitativo.

Cóndor II: el proyecto que cambió la dimensión de la discusión

El programa Cóndor II representó el mayor intento argentino de desarrollar un sistema misilístico de alcance significativo.

Impulsado durante la última dictadura militar y continuado durante la presidencia de Raúl Alfonsín, el proyecto contemplaba la incorporación de tecnologías de propulsión sólida, estructuras, materiales especiales y sistemas de control.

La instalación de Falda del Carmen, en Córdoba, se convirtió en uno de los centros fundamentales de aquella iniciativa.

El desarrollo también involucró cooperación internacional y componentes tecnológicos provenientes del exterior. Por eso, no puede describirse como un proyecto íntegramente nacional, aunque sí existió una importante participación argentina en su desarrollo y en la construcción de capacidades industriales.

El Cóndor II generó preocupación en distintos gobiernos, particularmente por su potencial alcance y por las implicancias de una eventual transferencia de esa tecnología.

Las presiones internacionales, especialmente estadounidenses, se combinaron con dificultades económicas, decisiones diplomáticas y problemas de continuidad financiera.

En 1991, durante el gobierno de Carlos Menem, se decidió abandonar el programa. Posteriormente se avanzó en el desmantelamiento de sus instalaciones y en la eliminación de las capacidades específicamente vinculadas con el proyecto.

La Argentina también ingresó en 1993 al Régimen de Control de Tecnología Misilística (MTCR), un mecanismo internacional destinado a limitar la proliferación de determinados sistemas y tecnologías.

La decisión tuvo consecuencias que fueron más allá de la política exterior. El país perdió continuidad en una línea de investigación que había requerido años de formación profesional, inversión e infraestructura.

La pregunta que todavía merece una respuesta documental es qué parte de aquel conocimiento logró preservarse y qué parte se perdió definitivamente.

El Martín Pescador: cuando desarrollar un misil no significa disponer de un arma operativa

Otro antecedente importante fue el Martín Pescador, un proyecto de misil aire-superficie desarrollado por el entonces CITEFA, actualmente CITEDEF.

La experiencia tuvo especial relevancia durante la Guerra de Malvinas, cuando se evaluó su posible utilización contra objetivos navales británicos.

Sin embargo, las pruebas no alcanzaron el grado de madurez técnica necesario para autorizar su empleo en combate.

El episodio permite comprender una diferencia que muchas veces se pierde en el debate público: un prototipo, un ensayo exitoso o un desarrollo experimental no equivalen a un sistema de armas listo para ser utilizado por una fuerza militar.

Un misil requiere confiabilidad, integración con plataformas, mantenimiento, pruebas operacionales y una cadena logística que garantice su disponibilidad.

Argentina tuvo iniciativas en esa dirección, pero no logró consolidar una continuidad industrial que permitiera convertirlas en una familia de sistemas militares de producción sostenida.

GRADICOM: la búsqueda de recuperar conocimientos

Dos décadas después de la cancelación del Cóndor, Argentina volvió a demostrar que conservaba capacidades de investigación en materia de propulsión.

El programa GRADICOM, impulsado por CITEDEF, fue uno de los antecedentes más importantes de esa recuperación.

Los ensayos de GRADICOM I, en 2009, y GRADICOM II, en 2011, permitieron validar diferentes tecnologías vinculadas con vehículos experimentales de combustible sólido.

El segundo lanzamiento alcanzó aproximadamente los 100 kilómetros de altura, constituyendo un acontecimiento relevante para la investigación aeroespacial argentina.

Pero nuevamente corresponde establecer una distinción: GRADICOM fue un programa experimental de cohetería, no un misil balístico operativo.

Su importancia residió en recuperar conocimientos, experimentar con tecnologías nacionales y demostrar que existían capacidades científicas e industriales que podían sostener nuevos desarrollos.

Sin embargo, tampoco consiguió establecer una continuidad pública equivalente a la ambición inicial.

El problema volvía a repetirse: Argentina demostraba que podía desarrollar tecnología, pero encontraba dificultades para convertir esos resultados en programas permanentes.

Los desarrollos actuales: actividad científica, pero sin evidencia de una recuperación misilística integral

Durante los últimos años aparecieron nuevos acontecimientos vinculados con la investigación aeroespacial argentina.

En mayo de 2025, la Fuerza Aérea participó en el lanzamiento experimental del cohete sonda MET 1-SO, denominado Escorpio, con intervención de CITEDEF.

La experiencia permitió avanzar en la validación de tecnologías vinculadas con propulsión, telemetría y recuperación de cargas útiles.

En octubre de 2026 también se informó sobre la puesta en órbita del Evaluador Tecnológico Nano Sat, desarrollado por CITEDEF con participación del Ejército Argentino.

Ambos antecedentes demuestran que existen actividades de investigación, desarrollo e integración tecnológica.

Sin embargo, sería incorrecto presentar estos acontecimientos como una reactivación del programa Cóndor o como prueba de que Argentina dispone actualmente de una industria misilística consolidada.

La puesta en órbita de un nanosatélite, por ejemplo, permite validar tecnologías espaciales, pero no significa que el país cuente con un vehículo lanzador propio ni con un sistema de armas misilístico.

La diferencia es sustancial y debe ser considerada al evaluar las capacidades reales de Defensa.

El problema no es solamente fabricar misiles: es construir autonomía tecnológica

La cuestión misilística no puede reducirse a la existencia de un proyectil o de un prototipo.

Un país que pretende desarrollar sistemas de armas necesita disponer de una estructura industrial y científica que abarque diferentes especialidades: investigación de materiales, electrónica, comunicaciones, sistemas de navegación, ensayos, certificaciones y mantenimiento.

También requiere presupuesto plurianual, formación profesional y coordinación entre los organismos científicos, las Fuerzas Armadas y la industria nacional.

La dependencia tecnológica representa una vulnerabilidad estratégica. Cuando un país depende exclusivamente de proveedores extranjeros, su capacidad para mantener, modernizar o reponer determinados sistemas queda condicionada por decisiones comerciales, políticas y diplomáticas externas.

Esto tiene una importancia particular para Argentina, cuyos intereses de Defensa incluyen la protección del territorio continental, los espacios marítimos, la plataforma continental y el Atlántico Sur.

La recuperación de capacidades tecnológicas no implica necesariamente desarrollar sistemas de largo alcance. También comprende fortalecer tecnologías defensivas, sistemas antiaéreos, antibuque, sensores y componentes electrónicos.

El desafío es definir una política industrial que responda a necesidades militares concretas y que pueda sostenerse durante diferentes administraciones.

El MTCR y las restricciones internacionales: una aclaración necesaria

La incorporación argentina al Régimen de Control de Tecnología Misilística suele aparecer en las discusiones como si hubiera significado una prohibición absoluta para desarrollar cohetes o misiles.

No es así.

El MTCR es un régimen voluntario de control de exportaciones y transferencias tecnológicas. Establece criterios particularmente estrictos para sistemas capaces de transportar cargas útiles de al menos 500 kilogramos a distancias de al menos 300 kilómetros.

Su existencia no impide automáticamente que Argentina desarrolle tecnologías aeroespaciales, cohetes científicos o sistemas convencionales de defensa.

Lo que exige es respetar los compromisos internacionales y los controles correspondientes sobre determinadas tecnologías y transferencias.

Por lo tanto, atribuir toda la ausencia de desarrollo misilístico argentino al MTCR sería una explicación incompleta. También deben analizarse las decisiones presupuestarias, industriales, diplomáticas y políticas adoptadas por los distintos gobiernos.

Una pregunta que Defensa todavía debe responder

La historia del Cóndor II, los ensayos de GRADICOM y los desarrollos recientes de CITEDEF permiten identificar una trayectoria tecnológica interrumpida, con períodos de actividad y otros de escasa continuidad.

Pero todavía falta una evaluación pública integral de las capacidades nacionales existentes.

¿Cuántos especialistas trabajan actualmente en tecnologías de propulsión? ¿Qué infraestructura conserva CITEDEF? ¿Qué inversiones se realizaron en los últimos años? ¿Qué participación tiene Fabricaciones Militares? ¿Existen programas plurianuales para desarrollar tecnologías aplicables a sistemas de armas?

Son preguntas legítimas para cualquier sociedad que pretenda conocer el estado de su Defensa Nacional.

No se trata de reclamar proyectos sin evaluación económica ni de promover una carrera armamentista. Se trata de determinar si el país tiene una política concreta para preservar y desarrollar conocimientos estratégicos.

La Argentina no puede depender exclusivamente de la memoria histórica de sus antiguos programas ni confundir ensayos científicos con capacidades militares disponibles.

El Atlántico Sur y la necesidad de pensar a largo plazo

La discusión adquiere otra dimensión cuando se observa el escenario geopolítico argentino.

El país tiene responsabilidades sobre un extenso territorio, una importante proyección marítima y espacios estratégicos cuya protección requiere medios tecnológicos adecuados.

La presencia militar británica en Malvinas, la vigilancia del Atlántico Sur, la protección de los recursos naturales y la evolución de las tecnologías militares internacionales obligan a discutir qué capacidades necesita desarrollar Argentina.

No existe una respuesta exclusivamente misilística. La defensa moderna requiere sistemas integrados de vigilancia, comunicaciones, inteligencia, movilidad, defensa aérea y protección marítima.

Pero la tecnología misilística forma parte de ese universo y no debería quedar fuera de una planificación nacional de largo plazo.

La capacidad que se interrumpió y el futuro que todavía está pendiente

Argentina llegó a desarrollar conocimientos que le permitieron proyectarse hacia una capacidad misilística propia. El Cóndor II fue la expresión más ambiciosa de aquella aspiración, pero su cancelación marcó una interrupción tecnológica cuyas consecuencias todavía merecen ser investigadas.

GRADICOM demostró que existían capacidades de investigación que podían recuperarse. Los desarrollos posteriores muestran que el conocimiento científico no desapareció completamente.

Sin embargo, entre conservar conocimientos, realizar ensayos y disponer de una industria misilística operativa existe una distancia considerable.

El desafío argentino no consiste en reproducir exactamente el Cóndor II ni en recuperar proyectos del pasado por una cuestión de orgullo nacional. Consiste en establecer qué tecnologías necesita el país, qué puede desarrollar con sus propios recursos y cómo garantizar que los programas no desaparezcan con cada cambio de gobierno.

La pregunta final no es solamente por qué Argentina abandonó el Cóndor.

La pregunta es por qué, después de tantos años, todavía no existe una respuesta pública, integral y verificable sobre el estado de sus capacidades misilísticas.

Porque la soberanía tecnológica no se proclama: se construye, se financia, se desarrolla y se sostiene.

Fuentes recomendadas para respaldar la publicación: CITEDEF, Ministerio de Defensa, Fuerza Aérea Argentina, Libro Blanco de la Defensa 2015, documentación del MTCR y trabajos académicos de Pablo de León sobre el programa Cóndor.

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